The Cure - Disintegration


miércoles, 17 de abril de 2013

Los científicos son un fraude; la ciencia, no.

Entre los científicos se halla, en principio, la misma proporción de mentirosos, falsificadores, negligentes, estúpidos, egoístas o inmorales que en cualquier otra profesión. En consecuencia, la solución frente a los fraudes científicos no consiste en asumir que todo es un desastre y, por tanto, uno debe, por ejemplo, medicarse con lo que considera más oportuno (léase homeopatía), sino por exigir que los controles en la investigación científica se vuelvan más estrictos (es decir, prohibiendo la comercialización de medicamentos que, como la homeopatía, no ha pasado por los filtros apropiados).
Si debemos confiar en la ciencia es porque, si bien los científicos son seres humanos, más o menos igual de falibles que cualquier ser humano, los protocolos de la ciencia son tan estrictos (o deberían serlo) que la mala praxis se minimiza. Como os contaba en la historia de la Universidad Invisible, la mejor forma de que un científico sea honesto no es pidiéndole honestidad, de motu proprio, sino exigiendo que los científicos se vigilen y controlen entre sí, y aquéllos que consigan destapar el fraude de otros, sean debidamente recompensados.
El método científico es la mejor manera que conocemos para obtener conocimiento objetivo y acumulativo, sin embargo los científicos constituyen, a grandes rasgos, un gran lastre para que este mecanismo funcione correctamente (aunque hay otros lastres aún más gravosos, naturalmente, como medios de comunicación que añaden ruido a las evidencias científicas, o la falta de financiación de la investigación).
Uno de los libros que más profundamente nos adentra en la mala praxis científica, concretamente en el ámbito de la investigación médica, es sin duda la última obra de Ben Goldacre: Mala Farma. Después de su lectura, uno se pregunta cómo diablos la medicina consigue curar… aunque también advierte con horror cuán cruento podría ser el mundo si ni siquiera existieran los protocolos científicos que hoy en día se exigen (y que resultan, al parecer, tan fáciles de esquivar con suficiente dinero y mala fe).
Goldacre menciona una revisión sistemática de 2009, que recoge las conclusiones de una encuesta de datos de 21 estudios en los que se preguntó a los investigadores de todos los campos de la ciencia a propósito de malas prácticas:
No es de extrañar que la gente conteste de modo distinto sobre el fraude en función del modo en que se planteen las preguntas. El 2 % reconoció haber amañado, falsificado o modificado datos al menos una vez, pero la cifra aumentó al 14 % cuando se les preguntó a propósito de la conducta de otros colegas. Un tercio reconoció algún otro tipo de prácticas cuestionables, y la cifra alcanzó el 70 % cuando se les preguntó sobre otros colegas. Puede explicarse en cierto modo esta disparidad entre las cifras del “yo” y “los demás” por el hecho de que uno es único aunque conoce a mucha gente, pero como son cuestiones sensibles, probablemente lo mejor sea asumir que todas las respuestas están subestimadas. También cabe afirmar que todas las ciencias, como lo son la medicina o la psicología, pueden manipularse debido a la diversidad de factores que diferencian unos estudios de otros, lo que significa que una perfecta replicación es poco frecuente y, como consecuencia, nadie abrigará grandes sospechas si los resultados contrastan con los de otra persona. En un campo de la ciencia en el que los resultados de un experimento son más taxativamente “sí” o “no”, la replicación fallida pone más rápidamente en evidencia al falsario.
Lo peor es que una gran cantidad de fraudes son detectados de manera fortuita, casual o como consecuencia de sospechas in situ. Para evitar esto, Goldacre propone algunas medidas, como mejor vigilancia rutinaria, mejor comunicación entre los editores de publicaciones relativa a los trabajos sospechosos que rechazan, mejor protección de denunciantes, comprobaciones al azar de datos importantes por parte de las publicaciones especializadas…
A este último respecto, una forma eficaz de descubrir adulteraciones de resultados es comprobando los números supuestamente aleatorios presentados en la investigación. El cerebro humano, como ya os expliqué, es un generador muy imperfecto de números al azar. Por ejemplo, Goldacre explica el caso de un físico alemán llamado Jan Hendrick Schön, que fue coautor en 2001 de un trabajo casi semanal:
pero los resultados eran demasiado exactos, y, finalmente, alguien advirtió que dos trabajos presentaban la misma cantidad de “ruido” superimpuesto en el resultado perfectamente prototípico; resultó que muchas cifras se habían generado por ordenador utilizando la misma ecuación que se trataba de verificar, incorporando al modelo una variación aleatoria realista.
Por otro lado, la obsesión por publicar trabajos sorprendentes ha llevado a una conclusión desoladora: una gran parte de los estudios presentados, con el tiempo, acaban descubriéndose imperfectos o falsos. El estudio al respecto fue llevado a cabo por John Ioannidis para PLoS Medicine.
Finalmente, un control más estricto de la investigación científica, como es obvio, también borraría de un plumazo un buen número de investigaciones que presentan resultados asombrosos o discordantes con los conocimientos científicos vigentes (pongamos por caso, de nuevo, los estudios que sugieren que la homeopatía actúa más allá del placebo): dichos estudios, habida cuenta de que presentan ideas tan extraordinarias que probablemente sean fraudulentas o incorrectas, deberían tomarse con más pinzas que nunca. Ya no digamos su comercialización: podéis leer más al respecto en ¿Cómo llega un medicamento al mercado o por qué no nos podemos fiar de la homeopatía, las flores de Bach y otros timos?

jueves, 4 de abril de 2013

Rudolf Virchow: de la célula al barrio

La formación que hemos recibido en medicina a lo largo de los años nos lleva a recordar a Rudolf Virchow en relación con sus aportaciones a la histología o a la patología celular. Probablemente en las facultades no se nos haya explicado que a Virchow, además del ganglio y las células, le debemos lo siguiente: “el progreso de la medicina debiera eventualmente prolongar la vida humana, pero la mejoría de las condiciones sociales podría obtener este resultado con mayor éxito y rapidez”
¿Les recuerda algo esa frase? Miren a la cabecera del blog y lean la frase de Michael Marmot escrita hace apenas unos años “if the major determinants of health are social, so must be the remedies”. Virchow revisitado.
En la facultad no nos imaginábamos que Virchow dijera entre mirada a la célula y mirada al barrio: “La medicina es una ciencia social y la política no es más que medicina en una escala más amplia”. ¿Han leído a Navarro y a Benach? Virchow revisitado.
Muchas de las aportaciones actuales desde el terreno de la epidemiología social o de los determinantes sociales de la salud ya estaban apuntadas por Rodolfo en el siglo XIX.
En un artículo publicado en el 2006 por la revista Medicina Social (otra gran desconocida de las revistas de cabecera de nuestras especialidades) se hace una rápida referencia a la vida y obra de Virchow en su aspecto más vinculado a las condiciones sociales de la salud.



“La ciencia y la medicina científica, según Virchow, no deben ser separadas de la realidad socio política. Al contrario, él argumentaba que el científico debe buscar relacionar los descubrimientos de la investigación con el trabajo político sugerido por ella”
“En el análisis de la etiología multifactorial, Virchow sostenía que los factores causales más importantes eran las condiciones materiales de la vida cotidiana de la gente. Esta mirada implicaba que un sistema de salud efectivo no podría limitarse al tratamiento de perturbaciones patofisiológicas de pacientes individuales.
En su clásico trabajo de lo que podría llamase epidemiología patológica, Virchow desarrolla una teoría sobre las epidemias que enfatiza las circunstancias sociales que permiten la diseminación de la enfermedad. Virchow empezó su trabajo sobre epidemias con su innovador estudio de la epidemia de tifus en la Alta Silesia, reproducida en el extracto adjunto. El también aplicó perspectivas similares a una epidemia de cólera en Berlín y a un brote de tuberculosis en Berlín durante los años 1849 y 1849″
Algunos de sus trabajos siguen las mismas intuiciones que algunos de los pioneros de la salud pública moderna y encajan totalmente con los postulados de los “nuevos” paradigmas de los determinantes sociales y las desigualdades en salud.
“Las condiciones sociales más fuertemente resaltadas por Virchow correspondían a la estructura de clase. Por ejemplo, él notó que las tasas de morbilidad y mortalidad, y especialmente las tasas de mortalidad infantil, eran mucho más altas en los distritos obreros de las ciudades que en las áreas de mayores ingresos. Como documentación usó las estadísticas que Engels citaba, así como los datos que obtuvo en las ciudades alemanas. Al describir las inadecuadas condiciones de vivienda, nutrición y vestido Virchow criticaba la apatía de los funcionarios gubernamentales por ignorar que estas eran las causas básicas de la enfermedad. Virchow expresó su indignación mas enfáticamente acerca de las condiciones de clase en las epidemias como el brote de cólera en Berlín”
Desconozco si la vinculación de Virchow al terreno de la medicina social y del activismo político corresponde, como apunta algún texto, a una primera etapa y finalmente se centró más en la célula que en el barrio. Si centrarse en el microscopio, en la docencia, en la investigación y en la publicología fue una salida más sencilla una vez conocido el “qué” y tras sopesar las complicaciones de conseguir los “cómos”. Sea lo que sea, como bien apunta Howard Waitzin en el texto de Medicina Social, actualmente, Virchow sigue siendo imprescindible:
“Las patologías sociales que tanto afligían a Virchow continúan creando sufrimiento y muerte temprana. Las desigualdades de clase, la explotación de los trabajadores y las condiciones de la producción capitalista causan enfermedad tanto como antes. Asimismo, el afán por el beneficio y la falta de responsabilidad social para con la seguridad económica individual inhiben incluso las reformas progresivas. Los lazos entre la estructura social y la enfermedad se tornan cada vez más apremiantes en tanto que la inestabilidad económica, la irregularidad del aporte alimentario, el agotamiento del petróleo, los residuos tóxicos nucleares y químicos acumulados, el recalentamiento global y sus consecuencias amenazan la supervivencia misma de la humanidad. La comprensión de estas raíces de la enfermedad revela también el alcance de la reconstrucción necesaria para obtener soluciones significativas”.

¿Por qué nuestras facultades y nuestra formación han olvidado a este Virchow? ¿El nuevo paradigma de determinantes sociales de la salud va a revisitar sólo los “qués”?¿Vamos a ponernos manos a la obra con los “cómos”?