The Cure - Disintegration


jueves, 27 de enero de 2011

El hedor dulzón de un cadáver

La juez de guardia tardó muy poco tiempo en llegar al lugar de los hechos y ordenar el levantamiento del cadáver de Javier Délano. En Madrid, cuando los solitarios se mueren, nadie se entera. Este tipo de muertos suelen pudrirse durante días en sus casas hasta que el mal olor les delata. El hedor que desprenden los cuerpos es igual al de las ratas que a veces se descubren muertas en las alcantarillas. Es un olor penetrante y dulzón, igual al de los albaricoques pasados.
"Lleva ahí tirado por lo menos una semana", le dijo el médico forense que acompañó a la jueza. "Así, a primera vista, si huele a fruta es que murió intoxicado con cloroformo. Aunque también desprende un cierto tufillo de almendras amargas. Pudiera ser que el fallecimiento fuese provocado por el cianuro. El laboratorio analizará las muestras y lo sabremos pronto. Lo que está claro, señoría, es que este hombre se envenenó o lo envenenaron".
Para la jueza, Amelia Batán, aquel cadáver era su primer caso. Estaba recién llegada a los juzgados de plaza de Castilla. "Me parece muy bien, Hernández", le indicó con la inseguridad de su primera intervención. "Téngame informada cuando lleguen los resultados".
El fallecido era un hombre de mediana edad, de unos 40 años. Vivía en un barrio residencial del centro de la capital. Madrid es una gran urbe que recibe bien al forastero. Es la capital más abierta de Europa. Si se tiene dinero y amigos es fácil ser feliz en Madrid. Si se está solo, la ciudad se puede convertir en una cárcel sin barrotes. En un pudridero de carne solitaria.
El cadáver estaba tendido boca arriba. Llevaba en una mano un pañuelo y en la otra un trozo de muslo de pollo que estaba tan corrompido como los dedos que lo agarraban. Parece que lo último que miraron los ojos ya oscurecidos por la podredumbre fue una lámpara. Colgaba del techo y se balanceaba lentamente a causa de una corriente de aire.
Javier Délano era periodista. Durante años había trabajado en los informativos de la televisión nacional como especialista en tribunales. Un tema de calado sentimental lo catapultó a los platós de la programación rosa. En aquel tiempo, las cadenas se lo rifaban para contratarlo por cifras millonarias. Él llevaba las primicias más calientes de esos famosos sin prestigio y se vendía al mejor postor.
Los periodistas que trabajaban en este tipo de programas eran muy populares. La televisión vivía sus peores momentos. Alcanzaba la fama el más vulgar y el más patán de la tribu. Para ser famoso se tenía que comer en directo con la boca abierta, tirarse pedos, eructar y pelearse con la compañera de al lado.
Javier Délano estaba especializado en descubrir infidelidades. Se las apañaba para destapar los cuernos más insólitos de la toda la sociedad rosa. Cuando alcanzó la cota máxima de popularidad fue cuando dejó en ridículo al mismísimo presentador del espacio donde colaboraba. Le mostró un vídeo de su esposa liándose con un cámara de su propio programa. El operador abandonó la cámara y el presentador el micrófono.
Ninguno de ellos conocía la sorpresa que Délano les había preparado. Se enzarzaron en un bochornoso espectáculo de boxeo en directo delante de millones de personas. Aquello tuvo mucha repercusión, pero la fama en la televisión es efímera.
Tal vez por eso, el día que apareció el cadáver de Javier Délano nadie lo reconoció. Solo se pudo apreciar el hedor dulzón que desprende la putrefacción. Un olor parecido al de los albaricoques cuando están pasados.


Gonzalo Perez Ponferrada. http://www.montilladigital.com


jueves, 20 de enero de 2011

¿Cómo se forja una creencia?

Por Sergio Parra
La gente suele exigir que se respeten sus creencias, por muy irracionales que sean. Porque la gente suele confundir las creencias con la esencia y dignidad de la persona, con sus cimientos espirituales, morales e ideológicos, cuando en realidad las personas deberían estar continuamente cambiando de creencias (como resultado de que siguen evolucionando, aprendiendo nuevas cosas, confrontando lo que considera más indiscutible). Por tanto, las creencias, como pasajeras, tampoco deberían tener mucho que ver con la persona.
Una persona con creencias inmutables sencillamente es una persona reacia a pensar sobre sus creencias, y por tanto sus creencias aún son menos respetables. (Sus creencias, que no su persona: las creencias no son o no deberían ser las personas). (Obviamente, uno puede creer lo que quiera, pero si decide expresar públicamente sus creencias debe asumir que éstas podrán ser criticadas, cuestionadas o incluso ridiculizadas).
El problema radica en que a la gente le cuesta admitir que las creencias sólo son producto de casualidades, no de operaciones intelectuales de alto nivel.
Además, cuando alguien decide que algo es verdad, su cerebro tiende a concebir nuevas razones para reforzar la creencia. Diversos experimentos han puesto en evidencia esta tendencia innata del cerebro, como por ejemplo el realizado por el psicólogo Gary Marcus, en el que la mitad de un grupo de personas leyó un informe de un estudio que demostraba que las aptitudes para trabajar como bombero estaban relacionadas con una puntuación elevada conseguida en un baremo de capacidad para asumir riesgos.
La otra mitad del grupo leyó lo contrario: se les indicó que un estudio demostraba que las aptitudes para trabajar como bombero guardaban una correlación negativa con la capacidad para asumir riesgos, es decir, que los propensos a asumir riesgos eran malos bomberos.
Seguidamente, se subdividió otra vez a cada grupo. A algunos se les pidió que reflexionasen sobre lo que habían leído y que anotasen las razones por las que el estudio en cuestión podía haber dado esos resultados; y a otros simplemente se les mantuvo ocupados con una serie de complicados rompecabezas geométricos como los que se incluyen en los test de inteligencia.
Lo interesante del experimento fue cuando a todos se les comunicó que el estudio que habían leído en la primera parte del experimento era falso: los científicos se habían inventado los datos. Entonces se les preguntó a todos qué pensaban realmente sobre el tema: ¿de verdad hay una correlación entre la aptitud para trabajar como bombero y la capacidad para asumir riesgos?
Incluso después de decirles que los resultados del estudio original no eran más que patrañas, las personas de los subgrupos que tuvieron la ocasión de reflexionar (y crear sus propias explicaciones) siguieron creyendo lo que habían leído inicialmente. En suma, si damos a alguien la mínima oportunidad de inventar sus propias razones para creer algo, la aprovecha al vuelo y empieza a creerlo, incluso si la prueba original ha quedado desacreditada por completo.
Es decir, que si todos fuéramos completamente racionales, sólo creeríamos en cosas que son verdad, pasando invariablemente de premisas verdaderas a conclusiones verdaderas. Sin embargo, todos tendemos a hacer justo lo contrario: partiendo de una conclusión, buscamos razones para creerla.
Y cuando digo todos, no me refiero sólo al asiduo de los libros sagrados, que aunque reciba mil y una evidencias en contra de lo que allí se refiere, seguirá buscando excusas para continuar creyendo.También sucede entre los científicos más reputados, que pueden agarrarse como un clavo ardiendo a sus conclusiones, por mucho que otros científicos aporten pruebas de lo endeble de las mismas.
Afortunadamente, las religiones aplauden esta clase de fe ciega, sí, pero la ciencia como instrumento,rechaza y desacredita al científico que tenga creencias demasiado inmutables.
Con todo, ¿cómo es posible que las creencias sean tan poderosas para el ser humano? ¿Por qué la gente mata por creencias? ¿Acaso las creencias son como virus mentales? Eso lo veremos en la próxima entrega de este artículo.
Según Gary Marcus, si hiciéramos una radiografía a una creencia, veríamos que ésta se compone de tres elementos fundamentales:
-La capacidad de memoria (una creencia carecería de valor si llegara y se fuera sin quedar arraigada a largo plazo en la mente).
-La capacidad de inferencia (extrayendo datos nuevos de otros antiguos).
-La capacidad de percepción.
Voy a hacer hincapié en este tercer elemento. ¿Capacidad de percepción? ¿Qué tiene que ver percepción y creencia? Muchas creencias, seguramente las más nocivas, no se basan en la vista, ni en el oído, ni tampoco en el resto de sentidos. Podríamos decir que se basan en la percepción de segunda mano, es decir, en lo que alguien o algo nos cuenta.
Precisamente, adquirir creencias por mediación de otros, sin la experiencia directa, es la clave quenos permite construir culturas y tecnologías complejas. Si no fuera así, todos, individualmente, deberíamos aprenderlo todo a base de ensayo y error, y no tendríamos tiempo para aprender tanto como aprendemos. 
Así pues, la clave a la ahora de adquirir creencias racionales (aparte de que sean fácilmente erradicadas si se descubren como falsas) es hacerlo a través de un medio confiable que, de algún modo, podamos contrastar con otros medios. ¿Dónde he leído esto? ¿Sólo lo pone en un libro o en varios? ¿Qué personas lo refrendan? ¿Qué pruebas puedo adquirir por mí mismo? ¿Quiénes son sus detractores y sus razones? Etcétera.
Sin embargo, nuestro sentido crítico deja mucho que desear, y pocas veces solemos hacer caso de todas estas prevenciones (a no ser que hayamos entrenado nuestra mente al respecto, con lo cual ostentaremos un poco más de sentido crítico). Si estamos así diseñados se debe precisamente a cómo evolucionó nuestro mecanismo de la percepción.
Cuando vemos algo, por lo general, podemos darlo por bueno sin temor a equivocarnos. El ciclo de formación de una creencia funciona de la misma manera: recabamos cierta información, directamente, a través de los sentidos, o quizá más a menudo a través del lenguaje y la comunicación por vía indirecta. De una manera u otra, tendremos a creerlo en el acto, y sólo después nos planteamos su veracidad, si es que llegamos a hacerlo.
Esta tendencia puede tener consecuencias nefastas incluso en actividades mundanas, como el decidir si una persona posee material de pornografía infantil, por ejemplo, como se pone de manifiesto en el caso del primer candidato a la presidencia del Partido Demócrata de New Hampshire.
Aunque el que le acusó, el congresista republicano del mismo estado, no aportó ninguna prueba, el acusado no tuvo más remedio que retirarse y, en esencia, su carrera política quedó arruinada. Al final, tras una investigación de dos meses, no se halló prueba alguna, pero el daño ya estaba hecho. Puede que nuestro sistema jurídico se base en el principio de “todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario”, pero nuestra mente no.

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jueves, 13 de enero de 2011

Morir dignamente.

                                                                                                                                                                           Por Amalia Pati (*)
¿Quién se lo puede discutir?

“Yo, Carlos Santos Velicia, en pleno uso de mis facultades mentales, libre y espontáneamente, manifiesto: (…)”

“Los tumores me llevarán a la muerte en un plazo breve: Actualmente me causan graves padecimientos permanentes y difíciles de soportar (…) Ante la falta de expectativas y mi deterioro y sufrimiento, en uso de mi libertad, tras haber reflexionado larga y serenamente, he decidido disponer de mi vida poniéndole fin de una manera digna”.

“He ido desprendiéndome de todo. Ahora no llevo ni cadena al cuello, no llevo nada, el barco ha llegado al fin del viaje”.

“Prepararé el potingue, lo tomaré y me tumbaré”. (1)

No es literatura. Son las últimas declaraciones, algunas por escrito, otras conversadas, de un hombre enfermo, incurable, al que sus miembros ya casi no le responden, que ha decidido racionalmente, solo, llevar a cabo eso de lo que siempre hablamos los médicos, los filósofos, los periódicos, e incluso, la gente común: morir, como dice Velicia, de una “forma digna”. Sí, la tan mentada muerte digna que supone, pura y exclusivamente, disponer con toda libertad de la propia vida.

Velicia ya pasó a mejor vida, como suele decirse y como él lo quería. Para eso,  viajó de Málaga a Madrid, previo acuerdo con los voluntarios de la Asociación Derecho a Morir Dignamente, exactamente el día anterior a la cita, se hospedó en la habitación de un hotel y, mientras hablaba con el periodista de El País semanal, ya tenía preparado el cóctel para quitarse la vida. Es una especie de suicidio asistido ya que, a diferencia, de otros casos en Suiza,  nadie se encarga de inyectarle nada porque el cóctel es bebible y lo tomó él por sus propios medios. Los voluntarios lo acompañaron desde el momento en que ingirió “el potingue” hasta el momento de la muerte y, luego, lo dejaron solo. Como dijo Velicia, “son quince minutos, dejas de respirar. Y fuera”. La Asociación llama a este acto de eutanasia, sedación terminal
Para llevar a cabo su decisión, tuvo la dicha de que estaba solo en la vida, sin familia, por lo que no tuvo que darle explicaciones  a nadie, convencido de que lo haría él antes de que la cruel enfermedad se tome el tiempo necesario para decidir su muerte.
Vivió intensamente, en diversos lugares del mundo, como él lo dice: “he vivido una vida rica” y, con todo derecho, quiere una muerte acorde con la vida que llevó, libre, viajero a todo lo ancho y lo largo del planeta, disfrutando de las mejores cosas y de todos los placeres; para él, ya es suficiente.

Hay un detalle que llama la atención, pero que se repite en la gente que decide quitarse la vida un día y a una hora determinada. Lo vimos, no hace mucho tiempo, en Daniel, un joven profesor de educación física, afectado por una Esclerosis Lateral Amiotrófica, inválido, que se adelantó a los respiradores y a una inmovilidad mayor, por el mismo medio y la misma asociación que este malagueño. Lo que llama la atención es la paz, la frialdad, dice Millás, con que enfrentan el final.
Cada vez es mayor el número de personas en el mundo que toman decisiones sobre su vida cuando la vida ya no merece ser vivida.  Los antiguos reconocían la eutanasia como un derecho. Así lo expresaba Séneca, un estoico del siglo I, quien se suicidó porque consideraba que “comparada con la vida, la muerte es un mal menor”.
En el siglo pasado, Eugene Debs – líder del partido Socialista en los Estados Unidos – expresó, entonces, su apoyo a la muerte digna, de este modo: “La vida humana es sagrada, pero sólo mientras contribuya a la felicidad del que la posee, y cada ser humano debe tener el privilegio de cruzar el río Estigia en el bote que haya elegido, cuando la mayor agonía humana no se justifique por la esperanza de salud y felicidad”

El debate sobre el tema es incesante. No obstante, creo que los médicos deberíamos enfrentarlo con más énfasis, en conjunto, quizás, y lejos de nuestros propios  prejuicios y nuestras creencias.
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(1) Las citas textuales fueron extraídas de una nota que Juan José Millás le realizó a Carlos Velicia para El País Semanal, con el título “Vidas al límite”, con fecha 10 de diciembre de 2010. La entrevista se realizó exactamente el día antes que Velicia se quitara la vida.


(*) Amalia Pati es médica clínica y licenciada en letras.
Colaboradora de la revista de Letras de la Facultad de Humanidades y Artes - UNR y coordinadora de esta edición.
Obtuvo el segundo Premio en el Primer Concurso Municipal de Ensayo 2005 con el ensayo: La tuberculosis y sus “metáforas” en el siglo XIX y principios del siglo XX: un debate abierto.

Medicina & Cultura es un suplemento de Clínica-UNR.org © 2007 - 2010 Todos los derechos reservados


domingo, 9 de enero de 2011

Javier Monserrat: la Iglesia está abocada a un nuevo concilio.

La Iglesia debería celebrar un nuevo concilio porque así lo exige la dinámica de la historia, explica en la siguiente entrevista Javier Monserrat, jesuita y profesor en la Universidad Autónoma de Madrid, autor del libro "Hacia un nuevo Concilio", que acaba de llegar a las librerías. El nuevo concilio debería introducirnos en el nuevo paradigma de la modernidad, añade Monserrat. Tras su celebración, la iglesia debería establecer los fundamentos para una nueva recristianización de los creyentes y establecer el marco para un compromiso final del cristianismo y de las religiones en la lucha contra el sufrimiento humano. Por Eduardo Martínez.


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