The Cure - Disintegration


jueves, 13 de enero de 2011

Morir dignamente.

                                                                                                                                                                           Por Amalia Pati (*)
¿Quién se lo puede discutir?

“Yo, Carlos Santos Velicia, en pleno uso de mis facultades mentales, libre y espontáneamente, manifiesto: (…)”

“Los tumores me llevarán a la muerte en un plazo breve: Actualmente me causan graves padecimientos permanentes y difíciles de soportar (…) Ante la falta de expectativas y mi deterioro y sufrimiento, en uso de mi libertad, tras haber reflexionado larga y serenamente, he decidido disponer de mi vida poniéndole fin de una manera digna”.

“He ido desprendiéndome de todo. Ahora no llevo ni cadena al cuello, no llevo nada, el barco ha llegado al fin del viaje”.

“Prepararé el potingue, lo tomaré y me tumbaré”. (1)

No es literatura. Son las últimas declaraciones, algunas por escrito, otras conversadas, de un hombre enfermo, incurable, al que sus miembros ya casi no le responden, que ha decidido racionalmente, solo, llevar a cabo eso de lo que siempre hablamos los médicos, los filósofos, los periódicos, e incluso, la gente común: morir, como dice Velicia, de una “forma digna”. Sí, la tan mentada muerte digna que supone, pura y exclusivamente, disponer con toda libertad de la propia vida.

Velicia ya pasó a mejor vida, como suele decirse y como él lo quería. Para eso,  viajó de Málaga a Madrid, previo acuerdo con los voluntarios de la Asociación Derecho a Morir Dignamente, exactamente el día anterior a la cita, se hospedó en la habitación de un hotel y, mientras hablaba con el periodista de El País semanal, ya tenía preparado el cóctel para quitarse la vida. Es una especie de suicidio asistido ya que, a diferencia, de otros casos en Suiza,  nadie se encarga de inyectarle nada porque el cóctel es bebible y lo tomó él por sus propios medios. Los voluntarios lo acompañaron desde el momento en que ingirió “el potingue” hasta el momento de la muerte y, luego, lo dejaron solo. Como dijo Velicia, “son quince minutos, dejas de respirar. Y fuera”. La Asociación llama a este acto de eutanasia, sedación terminal
Para llevar a cabo su decisión, tuvo la dicha de que estaba solo en la vida, sin familia, por lo que no tuvo que darle explicaciones  a nadie, convencido de que lo haría él antes de que la cruel enfermedad se tome el tiempo necesario para decidir su muerte.
Vivió intensamente, en diversos lugares del mundo, como él lo dice: “he vivido una vida rica” y, con todo derecho, quiere una muerte acorde con la vida que llevó, libre, viajero a todo lo ancho y lo largo del planeta, disfrutando de las mejores cosas y de todos los placeres; para él, ya es suficiente.

Hay un detalle que llama la atención, pero que se repite en la gente que decide quitarse la vida un día y a una hora determinada. Lo vimos, no hace mucho tiempo, en Daniel, un joven profesor de educación física, afectado por una Esclerosis Lateral Amiotrófica, inválido, que se adelantó a los respiradores y a una inmovilidad mayor, por el mismo medio y la misma asociación que este malagueño. Lo que llama la atención es la paz, la frialdad, dice Millás, con que enfrentan el final.
Cada vez es mayor el número de personas en el mundo que toman decisiones sobre su vida cuando la vida ya no merece ser vivida.  Los antiguos reconocían la eutanasia como un derecho. Así lo expresaba Séneca, un estoico del siglo I, quien se suicidó porque consideraba que “comparada con la vida, la muerte es un mal menor”.
En el siglo pasado, Eugene Debs – líder del partido Socialista en los Estados Unidos – expresó, entonces, su apoyo a la muerte digna, de este modo: “La vida humana es sagrada, pero sólo mientras contribuya a la felicidad del que la posee, y cada ser humano debe tener el privilegio de cruzar el río Estigia en el bote que haya elegido, cuando la mayor agonía humana no se justifique por la esperanza de salud y felicidad”

El debate sobre el tema es incesante. No obstante, creo que los médicos deberíamos enfrentarlo con más énfasis, en conjunto, quizás, y lejos de nuestros propios  prejuicios y nuestras creencias.
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(1) Las citas textuales fueron extraídas de una nota que Juan José Millás le realizó a Carlos Velicia para El País Semanal, con el título “Vidas al límite”, con fecha 10 de diciembre de 2010. La entrevista se realizó exactamente el día antes que Velicia se quitara la vida.


(*) Amalia Pati es médica clínica y licenciada en letras.
Colaboradora de la revista de Letras de la Facultad de Humanidades y Artes - UNR y coordinadora de esta edición.
Obtuvo el segundo Premio en el Primer Concurso Municipal de Ensayo 2005 con el ensayo: La tuberculosis y sus “metáforas” en el siglo XIX y principios del siglo XX: un debate abierto.

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