The Cure - Disintegration


martes, 28 de diciembre de 2010

Algo sobre la noción de normalidad en sexología

Por Dr. Juan Carlos Kusnetzoff (*)

Todos los días, en el consultorio, alguien, un paciente y no pocas veces un profesional colega pregunta: ¿Esto, es normal?
¿Qué es normal? El concepto de normalidad y sus elementos habitualmente connotados –normalidad, norma, normativo- suele precipitar en el entrecruzamiento de lo filosófico, lo estadístico, lo sociológico y lo psicológico. Desde el punto de vista práctico, decirle a un paciente: “Eres normal”, por lo general, produce un alivio notable. Es lógico. En el ámbito médico-biológico, lo que le hemos dicho, remite a la salud de la persona. Efectivamente, en estos ámbitos, “normal” quiere decir o sano, o enfermo.
Pero, si el que consulta tiene un problema sexual, rayano en lo delictivo, ya “normal”, remite a si lo que ha relatado es punible o no punible. Aunque, si lo relatado, es frente a un sacerdote, un pastor o un rabino, la respuesta podría ser o “bueno” o “malo” lo “normal”, ha entrado en el ámbito siempre ríspido de la ética o la moral.
Ya el propio Freud en las postrimerías de su vida, estableció la dificultad de establecer una clara demarcación entre lo que es normal, de lo que no lo es. Y que el valor otorgado a ese concepto, es solo de carácter convencional. Dicho de una manera más explícita, lo “normal” de determinada conducta, no puede formularse así como así. Es necesario y, por momentos  imperioso, considerar sus fundamentos biológicos, psicológicos y sociales.
Seguiremos a Haynal y Kocher (1):
1) El término “normalidad”, tiene una clara referencia a lo filosófico y ético-moral. Lo anormal, inmediatamente deriva como una desviación, una transgresión a determinada regla, instrucción o indicación. O, incluso, a un ideal compartido en determinado grupo humano.
2) El término “normalidad”, suele tomarse en sentido estadístico del término, constituyendo un promedio de la tendencia general de un grupo o comunidad determinada. Claude Bernard (2) lo dice explícita y nítidamente: “En la realidad, no hay entre ambas maneras de ser –lo normal y lo patológico- más que diferencias de grado; la exageración, la desproporción, la desarmonía de los fenómenos normales, constituyen el estado de la enfermedad”
3) Se refiere también, el término “normalidad”, al funcionamiento de un órgano, o de un organismo en su totalidad (3).

 La pareja y la normalidad

El erotismo forma parte de la vida de la pareja. Desde que abandonamos la cuadrupez y hemos adquirido la bipedestación, abrazos, besos y el abandono de los períodos de celo, es cuando la actividad sexual se vuelve permanente. Y tiene, sin duda, un sentido social, no únicamente reproductivo. Deberemos reconocer que, la sexualidad impregna y atraviesa nuestras vidas, bastante más allá del conocimiento anatómico diferencial, o del placer orgásmico, o de tal o cual desvío del comportamiento. Sin que lo percibamos con nitidez, “lo sexual” se encuentra presente en lo que pensamos, lo que creemos, lo que escribimos o producimos en general.
Nosotros “somos”, “pensamos” y “actuamos” en la vida, desde un sexo determinado; esto es inevitable y – como diría J.P.Sartre – es casi una condena. Pero a partir de allí, todo se diversifica, todo se relativiza, todo será según el momento, la situación, el significado, la época, el país, la región. No es lo mismo ser varón o mujer en Colombia, Argentina o Brasil, que en la Florida o Tennesee. Mucho más diferencias o desconocimientos, tenemos con los chinos o japoneses. Tampoco fue lo mismo ser hombre o mujer en el siglo XIX que en éste y ni que hablar, en la Alemania nazi o en la Francia de post-guerra.
Nuestra sexualidad y la forma de “llevarla”, no son totalmente innatas y tampoco somos seres sexuales a partir de la pubertad. La evolución sexual es un proceso gradual, que se extiende por toda la vida del individuo. Y de cómo se viva, se sienta, se incorpore la sexualidad en la infancia, así tendrá repercusiones importantes, en la conducta futura del individuo.
Somos seres sexuales desde que nacemos hasta que morimos. La sexualidad ocupa un lugar fundamental y básico en nuestra identidad personal y en las relaciones interpersonales. De hecho, desde el punto de vista científico, deberemos reconocer que en los finales del siglo XX, se han hecho avances insospechados desde antes de la 2da.Guerra Mundial, pero también deberemos admitir, que la ignorancia referida a estos temas aún es muy grande y lo peor es que se recubre la ignorancia con “las hojas de parra” de prejuicios, conceptos erróneos y malos entendidos que, a la postre, actúan desinformando, deformando y transformando, un saber que a la Humanidad le costó miles de años adquirir. La sobrevivencia de la sociedad depende de la función sexual del hombre y de la mujer, ya que los seres humanos nos reproducimos sexualmente. Pero no tan sólo la reproducción de la especie –concepto biológico obvio, extendido y acentuado por demás en nuestra sociedad- sino la reproducción del placer, de la autoestima y el respeto a la intimidad de aquellos convocados por la naturaleza, a cumplir el rito ancestral y fundamental de la unión de hombres y mujeres.

El conocimiento sobre la sexualidad humana, es construido. No está dado por sí mismo. Los aspectos con los que se construye este “edificio”, comprende numerosas facetas o “ladrillos”. Dependiendo de la especialidad o el interés, así será el acento que coloquemos en uno u otro aspecto. De lo que estamos seguros, es de que en cada hecho sexual, existe la posibilidad de atravesarlo desde múltiples ópticas – o lo que también llamamos “perspectivas” – y es casi imposible quedarnos con una, so pena de efectuar una “mutilación reduccionista”, que nos enceguezca y que finalmente, tengamos la ilusión de que “la parte, es el todo”. Todo este conocimiento, alcanza, indudablemente, a la concepción actual de la pareja humana. Existen transformaciones de las cuales, da cuenta la Sociología:
1) Transformación de la familia extensa, en apenas el núcleo de la familia pequeña.
2) La pareja, se ha convertido en el “blanco preferido” de la mayoría de los conflictos.
3) Los abuelos viven separados y los hijos, en la medida en que crecen y se producen alternativas para ganar su propio sustento, se separan de la familia nuclear.
4) La pareja ya no es “hasta que la muerte nos separe”. La institución del divorcio, ha proporcionado alivio a numerosas parejas que estaban separadas de hecho.
5) Hoy, la institución de “vivir en pareja”, se produce en dos sentidos, muy anteriores en edad que en la época de nuestros padres, y se “vive en pareja”, mucho antes de la propuesta matrimonial formal.
El descenso de la edad de iniciación sexual es marcado. Hoy, en la Ciudad de Buenos Aires, la edad promedio de iniciación es de 15 años (4). Ya en 1973, en Alemania, la mitad de los jóvenes, habían tenido relaciones sexuales, antes de los 16 años. Una buena cantidad de estos jóvenes, pese a estar suficientemente informados, no incorporan anticonceptivos, ni ningún otro método; tanto en Buenos Aires, como en París, se constatan los mismos fenómenos (5) Hay indicios de insatisfacción en las relaciones sexuales (6)
Erickson, ya hace más de medio siglo, advirtió (7), que normalidad ideal, es la genitalidad “utópica” y que debería incluir:
1) La reciprocidad del orgasmo. No la simultaneidad.
2) Con mutuo amor.
3) Heterosexual.
4) Con alguien con quien compartir la confianza.
5) Con alguien que se pueda y se quiera sintonizar el ciclo de : a) trabajo, b) procreación, c) recreación;
6) Y con quien se pueda asegurar a los hijos, un desarrollo satisfactorio.
El propio Erickson, en el mismo escrito, advierte que el logro, resulta totalmente utópico y que en manera alguna, puede considerarse que los problemas sean exclusivamente sexuales. La clínica cotidiana en la materia, confirma esos dichos.
Desde el punto de vista del Psicoanálisis, se habla de una “conflictología” término acertado (8) considerando que el hombre mismo se encuentra constituido conflictivamente. Y este aspecto es normal, en la medida que no alcance cierta intensidad y que el sujeto pueda soportarlo. En muchas ocasiones, el carácter permanente del conflicto humano, nos obliga a considerar los casos de cierta gravedad, es decir, introducir una noción cuantitativa, que es sumamente difícil definir o precisar.
En cada cuadro psicopatológico, deberíamos indagar, si el problema es evolutivo, circunstancial o estructural. Así, un trastorno sexual común, como una falla eréctil u orgásmica femenina ¿se trata de un problema evolutivo por tener el paciente alrededor de veinte años? ¿o por haber estado en circunstancias no adecuadas de tiempo y/o lugar, es apenas un producto momentáneo, de las circunstancias? ¿O se trata de un problema endocrino, que compromete al conjunto de la vida sexual y se encuentra deteriorada la estructura?

Roles sexuales

Hoy, Siglo XXI, la distribución de roles a cumplir por el hombre y la mujer, ha sido modificada.
“La articulación subjetiva del cuerpo es un proceso en el que lo biológico va tomando forma y se va definiendo según las diferentes pautas culturales que los sujetos van incorporando. En las condiciones materiales hasta aquí descriptas, se desarrolla una experiencia particular de la corporalidad. Creemos que es posible postular que, en esta fracción de los sectores populares, la representación del cuerpo es más inmediata e instrumental que en los sectores medios; se organiza en torno de creencias y normas según las cuales el cuidado no funciona como valor y, en consecuencia, da lugar a pautas de crianza, formas de la sexualidad y conductas menos preocupadas por cuestiones vinculadas con la salud” (9)
Genitalidad y pre-genitalidad
En la Antigüedad clásica, el amor, estaba representado por Afrodita y Eros. Estas dos divinidades, representan una dualidad dicotómica que llega hasta nuestros días. Afrodita es una mujer, personificando ese sentimiento amoroso característico. Eros, es un niño travieso y burlón, y representa el aspecto lúdico del amor. Las fijaciones de las Parafilias, por ejemplo, que antes se llamaban “perversiones”, se encuentran en la sexualidad pre-genital. No llegan casi nunca a la genitalidad. El placer pregenital, es todo lo que sucede en el juego previo: toques, caricias, besos, abrazos, pellizcos, suspiros y gritos. Una vez que, en la década del ´60, la píldora anticonceptiva liberó a las mujeres de la actividad procreativa predominante hasta ese momento, permitió que el erotismo en toda su dimensión, aflorara.
La sexualidad, se encuentra siempre vinculada con las transgresiones, las prohibiciones y las amenazas –los ritos de pasajes, de cambios evolutivos, los ritos iniciáticos, se encuentran siempre, reglamentados socialmente.
Muchas veces, el ejercicio de la sexualidad humana, se encuentra vinculado con la soledad, el temor a la muerte, el temor al compromiso afectivo, la huída de la cotidianeidad. Esta “mecanización” de la sexualidad, vuelve a la vida postmoderna en un “neo-puritanismo” El “consumo de sexo”, puede llegar a ser adictivo Nuevamente: ¿Cuánto sexo? ¿Dónde está el límite?
Siguiendo a Freud, en varios de sus escritos, el Hombre entra en la civilización, si es capaz de tener una “frustración óptima” y eficaz. Esta inhibición de sus impulsos, le hace “saltar” del mundo animal, al mundo humano. Y es extremadamente variable, de un individuo a otro.
La frustración fundamental, que lidera las frustraciones posteriores, es el “tabú del incesto” que impide la consumación del acto sexual, entre los hijos y sus padres, característica estructural, descubierta y descripta por Levy-Strauss (10) El padre de la antropología moderna, define así, el pasaje de la Naturaleza, a la Cultura:
“No hay, no existe, ninguna agrupación del Homo Sapiens, que permanezca indiferente al comportamiento sexual de los hombres que la constituyen. En todas partes, las uniones son juzgadas. Unas son encomiadas, otras admitidas o excusadas, otras desterradas de la sociedad y reprimidas. La prohibición del incesto, comprendida bajo esta forma –no de promiscuidad sexual integral, sino de control social en las relaciones entre los sexos- es universal, incluso, si su forma difiere de una sociedad a otra (en una, la relación está autorizada entre hermano y hermana y prohibida entre primos paralelos, mientras que en otra, la prohibición toma otras formas). Un abismo separa al Homo Sapiens de las especies animales más próximas. Se ve, entre los antropoides, embriones de organización familiar y de relaciones monogámicas que alternan con relaciones poligámicas. Pero, no se encuentra de ninguna manera una prohibición análoga a la prohibición del incesto”.
Partiendo de esta constatación –únicamente entre los hombres se da el hecho de que todas las uniones biológicamente posibles, no sean socialmente aceptadas. Claude Lévi-Strauss, en “Las Estructuras Elementales del Parentesco”, define la prohibición del incesto como “el proceso por el cual la naturaleza se adelanta”, y concluye: “ella opera, y por sí misma constituye, el advenimiento de un orden nuevo”.

Conclusiones

“Normalidad”. ¿Qué es? ¿En qué consiste?
A lo largo de este trabajo, hemos intentado analizar diversas acepciones del término.
1) Hay una normalidad ideal. Por ej.: la normalidad de la pareja humana, que quiere ser pareja, para reproducir....y poco más.
2) Una normalidad estadística, liderada por A.Kinsey, que se opuso en su momento, a la normalidad ideal.
3) Una normalidad funcional, que puede incluir dos puntos de vista:
a) importancia del conflicto a que convoca toda sexualidad, en tanto no exceda determinados límites.
b) la noción de genitalidad, a la que se llega luego de las etapas pre-genitales y se agrupa, responsablemente, en evoluciones maduras de la sexualidad adulta.
4) Una sexualidad normal o anormal y/o patológica, no puede prescindir de los conceptos relativos a la reglamentación social, y la prohibición y transgresión, que forman parte de la sexualidad de hecho.


(*) Dr. Juan Carlos Kusnetzoff
Director del programa de Sexología Clínica del Hospital de Clínicas José de San Martín
Director del Centro de Referencia de Sexología Clínica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires
Director de cursos por Internet de "Educación Sexual y Sexología Clínica" de la Facultad de Medicina Virtual de la Universidad de Buenos Aires
Autor de dieciseis libros

 1 Haynal, A. y Kocher, P.: La noción de normalidad en Sexología. In: Introducción a la Sexología Médica. Abraham G. y Passini, W. Cap. 2 Grupo Editorial Grijalbo. Barcelona, 1980
2 Bernard, C.: Lecciones sobre el calor animal. Bailliere, Paris (1876) In: Abraham, G. y Passini, W.: Cap. 2 op.cit. pag.38
3 Haynal, A.: La notion de normalité en psychiatrie. Méd. Et Hyg., 29, 1971  
4 Margulis, M. y otros: Juventud, Cultura, Sexualidad. La dimensión cultural en la afectividad y la sexualidad de los jóvenes de Buenos Aires. Editorial Biblos. 2003
5 Klaus, R. y Ernst, C. y autores varios: “La Normalité”. Revué Française de Psychanalise. Nº 3 (1972)
6 Kusnetzoff, J.C.: “Un desesperante vacío erótico”. Inconciente Argentino. Nº 1; pag. 36 Buenos Aires. (2006)  
7 Erickson, E.: Infancia y Sociedad. Ed.Paidós. 1970
8 In: Haynal, A. y Kocher, P.: La noción de normalidad en Sexología. Op.cit. (1980)  
9 Cecconi, S. “Cuerpo y Sexualidad: condiciones de precariedad y representaciones de género” In: Margulis, M. y otros: Juventud, Cultura, Sexualidad. La dimensión cultural en la afectividad y la sexualidad de los jóvenes de Buenos Aires, pag. 186  
10 Levy-Strauss, C.: Les estructures elémentaires de la pareté. París-La Haya, Mounton. 1967  

© 2006 Clínica-UNR.org Publicación digital de la 1ra Cátedra de Clínica Médica y Terapéutica y la Carrera de Posgrado de especialización en Clínica Médica Facultad de Ciencias Médicas - Universidad Nacional de Rosario. Todos los derechos reservados. 
E-mail: info@clinica-unr.com.ar / www.clinica-unr.org Diciembre 2006

jueves, 16 de diciembre de 2010

El mito de la racionalidad humana.


Psicólogos y especialistas siempre han comparado nuestro cerebro con un ordenador donde se procesa gran cantidad de información y se efectúan miles de operaciones simultáneas, superando espectacularmente al ordenador más potente del mundo. Nos podríamos sentir orgullosos de ello. Sin embargo, nuestro funcionamiento intelectual comete errores o distorsiones aparentemente caprichosas que un ordenador nunca haría.
Algunos de estos errores de nuestros cerebros serían los prejuicios raciales o los estereotipos, por ejemplo. Así, cuando analizamos la información que recibimos a través de nuestros sentidos, nos dejamos llevar muy a menudo por nuestras creencias, expectativas o sesgos.
Infinidad de estudios realizados han confirmado que, en los análisis causales que efectuamos, solemos ser bastante benevolentes con nosotros mismos: nos atribuimos el éxito de lo que nos sucede (he aprobado el examen porque he estudiado mucho o porque soy suficientemente inteligente) y, por el contrario, solemos exculparnos por los malos resultados (me he divorciado porque mi pareja era insoportable, he suspendido el examen porque el profesor es un tirano, o se me ha caído la taza al suelo porque alguien ha tropezado conmigo). Naturalmente el estado de ánimo afecta extraordinariamente al análisis causal de la realidad.
Esto deja muy poco espacio para la libertad porque, ¿qué mayor traba existe para ser libres que nuestro propio coartamiento? Interpretamos los datos de un modo en que sustenten nuestras creencias, muchas veces actuando de una forma absolutamente ilógica. ¿Quizás no seamos tan racionales como pensamos? Si, como parece, compartimos aún demasiadas características de los animales y no sabemos interpretar la realidad tal y como es, ¿somos libres? Al parecer, ante lo expuesto, si aún tenemos alguna brizna de esa quimera llamada libertad, las modas, un líder de masas o alguna dura crítica a nuestra manera de pensar se encargarán de eliminarlas por completo.
A pesar de que el ser humano ha conseguido grandes logros en los campos de la ciencia, la técnica, etc., sobrevaloramos el grado de participación del pensamiento consciente en la vida cotidiana. Está comprobado que gran parte de nuestro comportamiento aprendido queda fijado permanentemente. En los inicios del proceso, aprender algo nuevo nos resulta difícil, pero luego no tenemos que emplear gran esfuerzo para llevarlo a cabo. Por ejemplo, la mayoría de los adultos caminan, nadan, se atan los zapatos o escriben palabras sin ninguna dificultad. También hay que tener en cuenta que nuestras mejores ideas se nos ocurren cuando no somos conscientes de ello, mientras estamos pensando o haciendo algo que no tiene ninguna importancia. Así pues, de esto se desprende que somos bastante autómatas en nuestros actos; y el automatismo es lo contrario de la libertad, de la originalidad.
Carl Sagan dijo:
Se nos ocurre que un etólogo extraterrestre, escéptico y desapasionado, que estudiara nuestra poco atractiva especie podría llegar a la razonable conclusión de que los Homo sapiens son, en su mayor parte, autómatas poseedores de algunos departamentos de relaciones públicas muy activos y locuaces que se encargan de disculpar y encubrir sus flaquezas.
El ser humano, al parecer, comparte bastantes rasgos con los chimpancés, y en algunos comportamientos impulsivos, como la violación, esta similitud se acentúa. Y no me estoy refiriendo a los violadores, que se comportan de forma anómala, si no a personas normales (la mayoría), que consideran excitantes las descripciones de violaciones, especialmente si muestran a la mujer disfrutando a pesar de su resistencia inicial. Como sugieren los estudios de David Bruss, si se les asegura la impunidad, más de un tercio de los hombres, en universidades estadounidenses, reconocen tener alguna propensión a cometer una violación. Así pues, es evidente que existe (como en los animales) una predisposición biológica a la violación.
Éste es sólo un ejemplo de las cosas que compartimos con los animales, en definitiva del animal que aún anida en nosotros y todavía no ha sido del todo domesticado por las normas y las leyes. Como escribió Hippolyte Taine, un resumen de la naturaleza humana basado en las obras deShakespeare definiría al hombre como
una máquina nerviosa, gobernada por un capricho, dispuesta a las alucinaciones, transportada por pasiones sin freno, esencialmente no razonadora… y conducida al azar, por las circunstancias más determinadas y complejas, el dolor, el crimen, la locura y la muerte.
Vía | Optimismo inteligente de Avia, M. Vázquez / Sombras de antepasados olvidados, de Carl Sagan.

domingo, 12 de diciembre de 2010

De hipocráticos e hipócritas.

Es curioso el lenguaje, se dijo aquella tarde en que cansado, luego de un consultorio intenso, se recostó en su sillón preferido, bajó sus anteojos apoyándolos sobre el dorso de la nariz, levantó la vista hacia un punto lejano y recordó. Era un médico ya entrado en años y aquella mañana, aunque inolvidable, había quedado muy atrás. El anfiteatro estaba iluminado como nunca, engalanado, o a él le pareció engalanado y ante la mirada anhelante de los nuevos graduados y satisfecha de familiares y amigos, el Decano - ¿cómo se llamaba el Decano? – impostó la voz como cuando se está por decir algo definitivo y mirándolos a los ojos a todos y a cada uno al mismo tiempo, disparó:
-         ¿Juráis solemnemente ...
El juramento hipocrático. Dijo el Sí, juro con fervor, y cuando volvió a su asiento con su diploma en mano después de las felicitaciones consabidas se dijo a sí mismo que sin duda ser médico debía ser eso. Por algo llevaba el nombre de Hipócrates, el griego, el gran médico de Cos, el padre de la medicina, el juramento que acababa de pronunciar para ser aceptado formalmente entre los pares.
Pasaron los años, muchos. Y escuchó hablar mil veces de entrega, de desinterés, de sacrificio, de que ante todo el enfermo, de sacerdocio, de apostolado, de tantas cosas. Los que hablaban eran profesores, maestros, figuras prominentes de la medicina. Algunos habían muerto ya, y tenían placas recordatorias, y se les habían hecho homenajes y se habían pronunciado encendidos discursos en su alabanza y una vez más se había hablado de su entrega desinteresada y de todo lo demás.
Pero a muchos de esos prohombres él los conoció y sabía bien que hablaron y escribieron mucho más sobre ética que lo que la practicaron. Él los vio mentir datos en trabajos científicos, recomendar medicamentos y procedimientos costosísimos por intereses económicos, engañar a los enfermos, venderse al mejor postor.
También se encontró en el camino con verdaderos hipocráticos, ¡cómo no reconocerlo! Y miró su mano izquierda abierta. Esos cinco dedos le parecían demasiados para contarlos pero seguramente estaba exagerando.
Hubiera sido bueno, pensó, haber sabido quién era quién desde el principio. Tal vez no
sólo sería deseable la ética en los médicos sino también la coherencia entre conducta y discurso. Fue lamentable haber confundido durante tantos años a los auténticos con los impostores (mucho más numerosos). Si se hubiera podido señalar claramente a los lobos con piel de cordero, tal vez, aquel joven, hoy ya entrado en años, hubiera podido conservar las ilusiones.
Se calzó nuevamente los anteojos, dejó su sillón preferido y caminó hasta la biblioteca. Tomó el diccionario y leyó:
Hipocrático: adj. Perteneciente o relativo a Hipócrates, médico griego del siglo V a.C., o a sus doctrinas médicas.
Hipócrita: adj. (del griego hipokrités) ¡Qué parecido!. Que finge o aparenta lo que no es o lo que no siente. Dícese especialmente del que finge virtud o devoción.
La hipocresía, recordó, se aplicaba en Grecia a aquel personaje que en la actividad teatral se escondía bajo un disfraz.
            Cerró el tomo con una sonrisa escéptica, lo volvió a colocar en el anaquel de la biblioteca y se dijo: griegos al fin. Parecen haberlo conocido todo. Y diferenciaron las cosas con tanta exactitud, con un simple cambio de unas pocas letras. Es curioso el lenguaje. 


Prof. Dr. Alcides Greca Profesor Titular de la 1ra Cátedra de Clínica Médica de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Rosario.

martes, 7 de diciembre de 2010

Intertextualidad: un recurso inevitable en la lectura.

 Comentario acerca de Ayudar, aunque llore en el alma. Por: (*)Amalia Pati



No tengo el vicio de la intertextualidad. Es el vicio de los críticos, sin el cual quizás no existirían. En pocas palabras, cuando leo, espontáneamente, sin que me lo proponga, en un acto involuntario de mi mente, la lectura de un texto me remonta a otros textos con el que el actual tiene algo en común. La reflexión que hago como lectora, en esas circunstancias,  podría ser: “Yo esto lo leí en otra parte”. Y el ¿dónde? viene como por encanto. Este fenómeno no es privativo de la literatura. Puede suceder con el cine y con casi todos los ámbitos del arte. Y sucede porque debajo de un texto subyacen otros textos, miles de textos, porque nadie se crea que habló por primera vez. Nuestros textos dialogan con otros textos anteriores y por venir.

En esta ocasión, leía con mucho placer el ensayo de Ricardo Ricci tituladoAyudar, aunque llore en el alma, un título que, como todo título pertinente, condensa el nudo primordial del texto que es, precisamente, el lugar hacia donde se perfila mi análisis.  Estaba casi terminando la lectura cuando percibo que Ricci se lanza con una historia personal. Transcribo el párrafo a manera de recordatorio. Dice así: “He tenido oportunidad de atender a pacientes estando yo mismo al borde del desgarro interno, poniendo en un segundo plano el propio dolor. Recuerdo una vez que iba a ver un paciente, mientras lloraba solo en el auto, por una pérdida familiar irreparable; me temblaban las manos y mi cuerpo tiritaba” […]  Y, luego, cuenta la visita en el domicilio de una paciente que no estaba grave ni mucho menos. Inmediatamente, vino a mi mente un cuento de A. Chéjov, “Enemigos”,(1) de 1887, cuyo título original, en ruso por supuesto, sería Vragi.

A las diez de la noche muere de difteria el pequeño hijo del doctor Kirilov. Segundos después, nada más, de este evento tan doloroso, un hombre llega a la casa del médico, en busca de auxilio, porque su mujer ha tenido un fuerte dolor en el pecho. El hombre está desesperado, trémulo, sus frases son entrecortadas y la respiración dificultosa; no obstante, como puede, le pide a Kirilov, a quien había conocido en casa de un amigo, que lo acompañe a su casa para tratar de salvar a su querida esposa.  Luego de un breve reconocimiento (por algo se titula “Enemigos”), Kirilov se disculpa y le dice que no puede ir porque ha muerto su hijo. El hombre insiste con vehemencia, lo sacude, le dice que lo comprende pero que él es el único médico del lugar. Kirilov parece indiferente a todo lo que ocurre a su alrededor. Su hijo está todavía en el lecho de muerte, y la madre del niño sentada junto a la cama. El hombre persiste en sus ruegos, y Kirilov se niega sistemáticamente. Cito una parte del diálogo. Dice Abogin: - “ Está usted abrumado de pena; bien lo entiendo. Pero lo que le pido no es que me cure un dolor de muelas […] sino que salve una vida humana. […] Esa vida vale más que un dolor personal. ¡Lo que le pido es valor, es una hazaña! ¡En nombre del humanitarismo!” La palabra humanitarismo indignó a Kirilov, y ésta fue su respuesta:


-El humanitarismo es arma de doble filo. […] En nombre de ese mismo humanitarismo, le pido a usted que no me saque de aquí. ¡Dios mío! ¿A quién se le ocurriría?. Apenas puedo tenerme de pie y usted me asusta con lo del humanitarismo. En este momento no sirvo para nada. No iría por nada del mundo. ¿Con quién dejaría a mi mujer?. No, no.


La discusión entre los dos hombres, continúa. Abogin trata, por todos los medios, de encontrar las palabras y el tono de voz adecuados para persuadir al médico. En el fragor del diálogo, hubo, sin embargo, una expresión que hizo cambiar a Kirilov: la mención, por parte de Abogin, de la “eximia vocación del médico y el autosacrificio”. Así como la invocación al falso humanitarismo había endurecido aún más la decisión del médico, las últimas palabras del suplicante lograron su cometido: que Kirilov lo acompañe a su casa.

Como diría Ricci, Kirilov no estaba en ese estado de compensación necesario para atender el dolor ajeno. Sin embargo, fue. Hasta aquí, las coincidencias que hicieron entretejer en mi mente las relaciones entre el ensayo de Ricardo y el cuento de Chéjov.  Pero Enemigos sigue y tiene un final impredecible, a la vez que diferente al de la consulta con la señora de la enfermedad pulmonar obstructiva crónica. Aunque quizás no sea tan diferente. Vale la pena leerlo.

Si llamo al comentario que motivó este artículo, literario, éste ha llegado a su fin. No obstante, tratándose de médicos, he encontrado más coincidencias entre ambas lecturas.  Ricci en 2010 y Chéjov en las postrimerías del siglo XIX aluden, en sus respectivos textos, a las obligaciones morales del médico; me refiero a esta cuestión de que la profesión ha sido considerada, equívocamente, un sacerdocio que está por encima del médico como ser humano que sufre; tal como lo dice Ricci, “menospreciado, puesto a un costado”. Recuerdo, en este momento, a un panadero italiano que solía decirme, hace unas décadas atrás: “en Italia, el médico era un personaje,  cuando él pasaba, los vecinos se sacaban el sombrero para saludarlo”; seguramente, Chéjov hace dos siglos, en su Rusia natal, debe de haber vivido la misma experiencia. Y, con seguridad, no padeció los problemas de uso y abuso de los comerciantes de la medicina a los que se refiere el autor del ensayo. Nada de eso. Sin embargo, a siglos de distancia, los dos hablan de la desconsideración con ese ser humano que puede enfermarse, quebrarse frente al dolor de una pérdida, y padecer todos los avatares de la vida de cualquier persona porque, erróneamente, mientras el resto se ha perdido, hasta el respeto, no se ha perdido la creencia de que la profesión está antes que la vida misma.

 
(1) Véase Antón Chejóv en La señora del perrito y otros cuentos; Madrid: Alianza editorial; 1998.

(*) Amalia Pati es médica clínica y licenciada en letras.
Colaboradora de la revista de Letras de la Facultad de Humanidades y Artes - UNR y coordinadora de esta edición.
Obtuvo el segundo Premio en el Primer Concurso Municipal de Ensayo 2005 con el ensayo: La tuberculosis y sus “metáforas” en el siglo XIX y principios del siglo XX: un debate abierto.

http://www.medicinaycultura.org.ar/46/Articulo_01.htm

lunes, 6 de diciembre de 2010

Domingo al atardecer y riesgo de suicidio.

“…..y algunas veces suelo recostar ,mi cabeza en el hombro de la luna, y le hablo de esa  amante inoportuna que se llama soledad…..
J.Sabina.
 Cada domingo, cuando baja el sol, siento que algo va a suceder. Me sumerjo en un espacio virtual indescriptible. Sería algo parecido a la soledad, no sé bien cómo explicarlo. Lo he percibido durante años……estando con mi familia, en pareja, con amigos o sola…..pero es siempre los domingos, y al atardecer……

Recuerdo mis guardias de esos días y asocio, instantáneamente, ese momento, ese día, con apatía, desesperación, aburrimiento, desenlace……se me ocurren miles de palabras….Quizás porque esas guardias eran largas, o  el hospital lúgubre o, tal vez, porque los pacientes que ingresaban por intento de suicidio eran muchos, sí, muchísimos más de los que entraban los días de semana. Y no siempre tenían conductas  similares previas, ni problemas maritales, ni patologías psiquiátricas u orgánicas, factores que se asocian tradicionalmente al intento de suicidio.

Un día comencé a registrar en mi “disco rígido” todos los pacientes, amigos, familiares o, simplemente, conocidos que habían pasado por dicha situación, como así también las admisiones al sanatorio  o al hospital por el mismo motivo. Y la casualidad, o mejor dicho, la causalidad indicaba que en esos días ocurría un número mayor de casos.

Entonces, me dediqué a interrogar a distintas personas, sin ningún antecedente de este tipo, acerca de cómo se sentían el domingo. La mayoría me refirió que, al final del día, experimentan sentimientos de apatía, tedio y una sensación de vacío (más marcado en algunos individuos que en otros) que anticipa la rutina agitada de la semana.

Presumo que estos pensamientos anticipatorios, junto con los sentimientos que desencadenan, hace que se desarrolle el llamado Síndrome del domingo a la tarde, que se caracteriza por “inactividad”, desmotivación, y angustia.

Por cierto, deben de existir algunas razones para que, precisamente, ese día, de descanso, se produzcan estos sentimientos. Voy a ensayar algunas: podría ser que el trajín  y las obligaciones  de los días hábiles, enmascaran los sentimientos de soledad y de tristeza que están presentes a lo largo de la semana pero que salen a la luz los domingos, que es el día en que los horarios no nos apabullan. Además, el día domingo es un día propicio para la reflexión, un momento de valoración de nuestros objetivos o expectativas personales y de su cumplimiento o su fracaso.

Ante estas circunstancias, parecería lógico agregar al grupo de variables ya conocidas asociadas con el suicidio, tales como la edad, el sexo, la genética, la etnia, el estado civil, los trastornos físicos, mentales, afectivos o adaptativos, el “Síndrome del domingo a la tarde”.

Por: Jorgelina Presta es médica clínica y docente de la Cátedra de Clínica Médica de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Rosario, Argentina. 
Es miembro estable del Comité Editorial del portal médico Clínica-UNR.org.


http://www.medicinaycultura.org.ar/46/Articulo_04.htm

domingo, 5 de diciembre de 2010

Una breve historia de calles y domicilios y de actos médicos apurados por el sistema

(a manera de un cuento anónimo)
La doctora Silvia Pérez ya había dado el operable.
Bajo la llovizna rosarina, estaba ya preparada para su solitaria guardia callejera. Mentalmente repasaba sus "signos vitales" (y los de su Fiat Duna, inseparable acompañante). No estaba cansada en particular. Había dormido bien, y la incipiente relación amorosa que había iniciado a sus florecientes 27 años, la llenaban de calor y de esperanza.
La primer salida ya la esperaba. Una viejita de 70 años, antecedentes de hipertensión, en el extremo sudeste de la ciudad.
En camino hacia allí, una catarata de pensamientos atacó la cabecita de Silvia: "¿Cómo será esa zona? ¿Mangrullo estará al este o al oeste de Avenida del Rosario? ¿querrán cobrarme peaje? ¡Hoy tengo que hacer mínimo 12 salidas! Vence la luz, el gas, el teléfono...Esto de vivir sola está bueno, pero...
La lluvia se hizo más intensa. Silvia manejaba despacio, con cuidado. No podía evitar seguir pensando: "Para colmo todavía no sabemos cuando cobramos. Siempre peleando los centavos, la cantidad de incidentes, los coseguros. ¡Si lograra entrar a la residencia!"
No sin dificultad, la doctora logró llegar al domicilio. Era una casita de pasillo. En la puerta la paciente había puesto un cartelito "pace que está avierto". La ortografía hacía juego con una la letra temblequeante, con la tinta corrida por la lluvia.
Adentro todo estaba inundado por una oscura soledad.
La voz de ultratumba de la paciente remitía a un cuento de terror: "Pase, pase, doctorcita. Siéntese acá, en la camita de mi nieto, que esta viejita no se puede levantar".
Silvia empezó a trabajar contra reloj. Ya estaba entrenada para tratar de detectar, en el menor tiempo posible, el punto de síntesis entre el motivo de consulta y la historia clínica, que le permitiera, al mismo tiempo, una resolución rápida del caso, que dejara conforme al paciente, y que aún en el peor de los casos, no configurara mala praxis.
Pero en este caso se complicaba. Más allá de la artrosis, de la hipertensión arterial leve que pudo registar, Carmen (que así se llamaba la viejita) no dejaba de tomarle la mano: "Vivo sola, doctorcita. Cada tanto me visita mi nietito, que debe tener su edad."
Hábilmente, Silvia trató de contenerla, le preguntó por su médico de cabecera de PAMI (el que jamás venía a domicilio y a Carmen le costaba mucho trasladarse las 6 cuadras que la separaban de su consultorio), y le sugirió una consulta con él.
De pronto, la viejita comenzó a llorar. Fue un silencioso llanto-garúa, como la lluvia que caía afuera.
Silvia le tomó la mano más fuerte, activó el Handy para fraguar un nuevo llamado y justificar su retirada. Recogió la firma de Carmen y escapó a la calle.
El golpe de frío húmedo (que en esa zona viene del sudeste, de la desembocadura del Saladillo en el Paraná), le pegó en la cara. Tuvo un frío extraño por unos segundos. Necesitó un abrazo. Se sintió inmensamene sola. Tan sola como Carmen.
Boletin “La bisagra” TSA.

jueves, 2 de diciembre de 2010

¡Cambio de paradigma! reclamaba una amigo... periodista!

El efecto multiplicador del catarro en el contexto laboral.

 “¡Salud!” Ese es el mejor deseo que le manifestamos a un compañero de trabajo cuando los estornudos, provocados por el catarro, comienzan a afectarle en horas laborales. Es normal que mientras expresamos “salud”, nos preocupemos, porque sabemos que desde ese primer estornudo la posibilidad de contagiarnos con la gripe, aumentará considerablemente. Compartir un espacio cerrado ocho horas o más con varias personas, entre ellas algún colega con los síntomas del virus de influenza, son algunos de los factores que nos expondrán a esta condición. Ese primer estornudo gripal de un compañero de labores, eventualmente provocará un efecto multiplicador que tendrá un impacto negativo en la productividad de la empresa.

Estudios de la Colisión Canadiense de la Influenza indican que un empleado afectado por la gripe común se ausentará de tres a cinco días laborables, y su productividad se afectará al menos por dos semanas. El catarro ha sido identificado como una de las cinco causas más comunes de pérdida de productividad laboral. Un estudio publicado en el Journal of Occupational and Environmental Medicine indica que uno de cada cinco adultos que trabaja, se afectará con catarro, al menos una vez al año. Los investigadores concluyeron que en los Estados Unidos el costo económico relacionado a la baja productividad provocada por el catarro común, es de aproximadamente 25 billones de dólares anuales; de los cuales 16.6 billones pueden ser atribuidos a disminución de productividad y ocho billones al ausentismo.

Sin embargo, el efecto multiplicador del catarro va más allá del ausentismo, se intensifica con la insistencia de los trabajadores en acudir a sus respectivos centros laborales con los síntomas del resfriado. El psicólogo especializado en conducta organizacional, Cary Cooper denominó este fenómeno con el término “presentismo”. Se trata de la obligación que sienten los empleados de asistir al trabajo aún cuando están enfermos. Según estudios de la farmacéutica AdvancePCS el “presentismo” les cuesta a los patronos en Estados Unidos un promedio de 180 billones de dólares anuales. De acuerdo con esta investigación, que los empleados asistan a sus centros de trabajo con catarro o con otras enfermedades comunes, les cuesta a las compañías siete veces más que el ausentismo.

El director de microbiología del Hospital Monte Sinaí en Toronto, doctor Don Low, sugiere que “los patronos deben alentar a los empleados que contraigan catarro a que se queden en sus hogares y asegurarles que no los penalizarán por hacerlo”. Aunque al asistir los empleados desean manifestar su responsabilidad y compromiso con la empresa, la mejor forma de no contagiar a los compañeros de labores es quedarse en su casa. Si analizamos económicamente el efecto multiplicador del catarro es mejor que un solo empleado se ausente por tres o cuatro días; que tener de ocho o diez empleados ausentes por el mismo periodo.

De acuerdo al Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas, existen dos vías comunes de transmisión del catarro. La primera es a través de la inhalación de partículas de las secreciones infecciosas en el aire. Usualmente esto ocurre cuando alguna persona tose o estornuda cerca de nosotros. La segunda forma más común de contraer el virus es tocar áreas que han sido contaminadas con estas partículas infecciosas. Esto sucede cuando estornudamos o tosemos sobre nuestras manos y luego tocamos otros objetos o lugares comunes.

En el contexto laboral las fuentes de contagio pueden ser tan variadas como los lugares y materiales de oficina que compartamos con nuestros compañeros. Según los expertos, el virus de la influenza puede permanecer activo en objetos o lugares que han sido tocados por la persona afectada, hasta por 48 horas. De esta forma, una vez que algún compañero de labores adquiere un resfriado tiene el potencial de contagiar a todos aquellos que compartan su área de trabajo.

Las temporadas de otoño e invierno, son los meses en que más propensos estamos de contraer el virus de la influenza. Para evitar los efectos multiplicadores de esta condición la Sociedad Americana del Pulmón recomienda las siguientes medidas: (1) evitar el contacto con personas que estén resfriadas, sobre todo durante los primeros días; (2) lavarse las manos después de tocar a alguien que esté resfriado y después de haber tocado un objeto que previamente expuesto a partículas infecciosas; (3) cuando tosa o estornude cubrirse la nariz y la boca con un pañuelo desechable y luego lavarse las manos; (4) si tiene resfriado debe alejarse de aquellas personas que son más vulnerables, como todo aquél que tenga asma u otra enfermedad pulmonar crónica. Además, el Centro de Control y Prevención de Enfermedades del Gobierno de Estado Unidos (CDC por sus siglas en inglés) recomienda que se administren la vacuna contra la influenza aquellos grupos con factores de riesgo de desarrollar complicaciones del resfriado.

Los patronos tienen la responsabilidad de mantener un ambiente laboral adecuado y esto incluye establecer políticas que puedan ayudar a sus recursos humanos a protegerse del contagio del resfriado. Estas medidas pueden incluir charlas de educación, clínicas de vacunación contra la influenza, comunicación efectiva en cuanto a las políticas de ausencias, así como el mantenimiento y limpieza apropiada de las instalaciones labores, entre otras. Las estrategias proactivas que tome la empresa para evitar los efectos multiplicadores del catarro, de seguro tendrán un impacto positivo en la productividad de la compañía, y sobre todo en el bienestar de sus recursos humanos. Procure siempre que sus empleados tengan “salud”.
Por: Mariam Ludim Rosa Vélez
Fuente: www.arearh.com