The Cure - Disintegration


sábado, 27 de noviembre de 2010

Una objeción de conciencia: el rechazo a las transfusiones en los Testigos de Jehová

Por Ricardo Juan Boccaci

El tema de la transfusión de sangre en los Testigos de Jehová tiene tres aspectos: un aspecto médico, otro legal y un tercero, ético. Hoy en día el aspecto legal está bastante claro, a través de las disposiciones de los códigos y leyes y de la jurisprudencia.
El aspecto ético esta constituido por el hecho de que los Testigos de Jehová, que forman una religión fundamentalista, legalmente aceptada por la Secretaría de Culto, y tienen unos cuatro y medio a cinco millones de miembros en el mundo, no admiten las transfusiones de sangre ni de sus elementos constituyentes: glóbulos rojos desplasmatizados, glóbulos blancos, plaquetas, plasma, etc. El motivo que aducen es el hecho de que en varios pasajes de la Biblia, Dios prohibe comer sangre, y ellos similan esto a transfundir sangre.
En efecto, en el Génesis 9, 3-5, Dios dice: "Todo lo que se mueve y tiene vida les servirá de alimento; yo les doy todo eso como antes les di los vegetales. Sólo se abstendrán de comer la carne con su vida, es decir con su sangre. Y yo pediré cuenta de la sangre de cada uno de ustedes: pediré cuenta de ella a todos los animales y también pediré cuenta al hombre de la vida de su prójimo".
También en el Levítico 17, 10-14, se puede leer: ""Si un hombre de la casa de Israel o alguno de los extranjeros que residen en medio de ustedes come cualquier clase de sangre, yo volveré mi rostro contra esa persona y la excluiré de su pueblo. Porque la vida de la carne está en la sangre, y yo mismo les he puesto la sangre sobre el altar, para que les sirva de expiación, ya que la sangre es la que realiza la expiación, en virtud de la vida que hay en ella. Por eso dije a los hijos de Israel: Ninguno de ustedes comerá sangre, ni tampoco lo hará el extranjero que resida entre medio de ustedes. Y si cualquier israelita o cualquiera de los extranjeros que residen en medio de ustedes caza un animal o un pájaro de esos que está permitido comer, derramará su sangre y la cubrirá con tierra. Porque la vida de toda carne es su sangre. Por eso dije a los israelitas: No coman la sangre de ninguna carne, porque la vida de toda carne es su sangre. El que la coma será extirpado".
A la afirmación de que el Viejo Testamento fue escrito hace muchos siglos y que la mencionada prohibición probablemente tendría una motivación higiénica, el evitar la transmisión de enfermedades, los Testigos contraponen el argumento de que en un documento muy posterior, el Nuevo Testamento, Simón Pedro releva a los cristianos de la obligación de la circuncisión, pero mantiene la prohibición de comer sangre.
En efecto, en los Hechos de los Apóstoles 15, 28-29 expresa: "El Espíritu Santo, y nosotros mismos, hemos decidido no imponerles ninguna carga más que las indispensables, a saber: que se abstengan de la carne inmolada a los ídolos, de la sangre, de la carne de animales muertos sin desangrar y de las uniones ilegales. Harán bien en cumplir todo esto. Amén".
Sin embargo, no se puede olvidar que mientras que Pablo era el destinado a evangelizar a los gentiles, Pedro comenzó dirigiéndose a los judíos, a los que no convenía escandalizar tirando por tierra sus costumbres ancestrales.
En cuanto al aspecto médico, el punto básico es que la única forma en que los Testigos aceptan una transfusión es cuando la misma se realiza en circuito cerrado. Así les es permitido la práctica de hemodiálisis y de cirugía cardíaca con circulación extracorpórea, siempre que no incluya la necesidad de aporte de sangre de uno o más dadores. También están de acuerdo con la recuperación de sangre del campo operatorio, su filtración y reinfusión, mediante el uso de los llamados cell savers. Pero ellos rechazan totalmente la sangre de banco, aunque sea la propia. Es decir que están en contra de un método actual, consecuencia en gran parte de la difusión del HIV en el mundo: la autotransfusión. En la autotransfusión al sujeto que debe ser sometido a una cirugía que probable o ciertamente requiera el aporte de sangre, se le extraen una o dos unidades y se le inyecta eritropoyetina, para lograr la recuperación del hematocrito, reservándose en el banco lo extraído. En síntesis los miembros de esta religión no solo se niegan a recibir la sangre de otro, sino también la suya propia, ya que consideran que una vez que la misma fue separada del organismo, es impura.


Los Testigos admiten los siguientes productos y fármacos:
a) Soluciones cristaloides
b) Soluciones coloides sintéticas
c) Dextrán
d) Aprotinina
e) Acido aminocaproico
f) Desmopresina
g) Hierro
h) Eritropoyetina
i) Albúmina humana
j) Perfluorocarbonos

También aceptan la hipotensión arterial controlada, la hipotermia inducida, la monitorización de gases arteriales, la práctica de análisis humorales, la circulación extracorpórea, la hemodilución, la hemodiálisis y los sistemas de reutilización de sangre del lecho operatorio, aunque estas últimas cuatro son inaceptables para muchos de los fieles.
Los Testigos no creen en la curación por la palabra ni por la imposición de las manos. No reniegan de los adelantos científicos. Aceptan todo tipo de tratamiento, ya que creen en la Medicina, siempre que el mismo no incluya el uso de sangre o de sus derivados.
El rechazo de las transfusiones constituye un problema de conciencia acerca del cual los Testigos no están dispuestos a transigir. Es que la dignidad y la libertad de la persona están por encima de valores como la salud y la vida. En la historia de la humanidad se han dado innumerables ejemplos de personas, grupos, confesiones, etc., que han llegado hasta las últimas consecuencias en defensa de sus creencias y de su dignidad humana: tal el caso de los primitivos cristianos que murieron en el circo romano, el testimonio de los hermanos Lasallanos fusilados en la Guerra Civil Española por negarse a abandonar su fe (lo que dio lugar a la canonización del Hermano Héctor Valdivieso, quien es el primer santo nacido en la Argentina), o el hecho citado por Víctor Frankl, filósofo judío sobreviviente de los campos de exterminio nazi, en su obra El hombre en busca de sentido, de los prisioneros que entraban a las cámaras de gas con la frente alta, rezando el Padre Nuestro y el Shema Yisrael.
El aspecto médico antes tan claro, actualmente es controvertido, y ha sufrido cambios con el paso del tiempo. Es evidente que hace unos 15 o 20 años los médicos éramos mucho más generosos con las transfusiones que ahora. Así toda persona que debía ser operada y tenía un hematocrito menor del 30 %, casi seguramente era transfundida. Lo mismo ocurría con muchos pacientes anémicos que no respondían a los tratamientos con hierro, ácido fólico, vitamina B12, etc. Por otro lado era muy raro que una embarazada pudiera llegar al parto con un hematocrito, por ejemplo, del 28 %, sin que el obstetra indicara el aporte de sangre.
En la actualidad la aparición del HIV trajo aparejada un cambio en esa mentalidad, una redefinición de las indicaciones de transfusión, y una búsqueda de sustitutos de la sangre.
En primer lugar, desapareció la mencionada generosidad, reservándose la transfusión para el caso imprescindible, en el que la falta de aporte de sangre puede constituir un peligro para la vida del sujeto. En segundo lugar, ciertas cifras que parecían inmodificables se han hecho más elásticas, permitiendo redefinir las indicaciones de la transfusión. Así siempre se aceptó en muchos centros la llamada "regla de los mágicos treinta", según la cual todo paciente que tuviera un hematocrito menor del 30% debía ser transfundido. En el mismo sentido era el concepto universal de que cuando una embarazada tenía menos de 7 g% de hemoglobina era inevitable la existencia de sufrimiento fetal. Hoy en día se presta atención no sólo a cuán bajos son los niveles del hematocrito y de la hemoglobina, sino también a la rapidez con que se instaló el déficit. Si la pérdida fue brusca se trata de corregir más la hipovolemia que la anemia, y en una segunda etapa se recurre al aporte de hierro para la recuperación de la serie roja. Numerosos trabajos han dado testimonio de que sujetos con un valor del hematocrito muy inferior al 20 % se han recuperado con el tratamiento adecuado, sin necesidad de transfusión. El caso típico es el de la anemia megaloblástica, proceso de lenta instalación, lo que permite la tolerancia a niveles inusualmente bajos de hemoglobina. En ella el tratamiento con ácido fólico y vitamina B12 conduce rápidamente a la normalidad.
Finalmente, el uso de técnicas alternativas a la transfusión de sangre, cuando las mismas son posibles sin poner en peligro la vida del paciente, ha permitido una mayor economía en las indicaciones de la transfusión. Entre ellas se cuentan el uso de los expansores plasmáticos para corregir los déficits agudos de volumen: solución fisiológica, Ringer lactato, Haemaccel, etc. ; la administración de los principios nutrientes esenciales para la producción de eritrocitos: hierro, fólico, B12; el uso de la eritropoyetina recombinante humana, hormona renal estimulante de la eritropoyesis; y, próximamente, la incorporación de sustitutos sintéticos de los hematíes, tales como ciertos productos fluorados que tienen la capacidad de liberar oxígeno en los tejidos y de tomar en ellos el anhídrido carbónico.
En síntesis la indicación de la transfusión de sangre y de sus derivados debe ser racional y restringida a la real necesidad de cada caso en concreto.
Antes de emitir una orden de transfusión en un caso dudoso, el médico debería conocer la frecuencia de las complicaciones que pueden presentarse por unidad administrada. Así en la obra "Principios de Medicina Interna" de Harrison, se citan las siguientes frecuencias estimadas:

Crisis hemolíticas agudas 1/ 6.000
Hemólisis retardadas 1/ 1.000
Hipertermia sin hemólisis 1/ 200
Alergia cutánea 1/ 200
Shock anafiláctico 1/ 150.000
Enferm. injerto vs. huésped Rara
Hepatitis 1/ 3.000
H.I.V. 1/ 225.0000
Hipervolemia Desconocida
Sobrecarga de hierro Desconocida
Sepsis bacteriana Rara
Hipotermia Rara


En cuanto al aspecto legal, en la Constitución de la Nación Argentina hay un Primer Capítulo titulado "Declaraciones, derechos y garantías", en el que, en su artículo 14, dedicado a los derechos civiles, se establece taxativamente el derecho a la libertad de conciencia. El mismo dice: "Todos los habitantes de la Nación gozan de los siguientes derechos conforme a las leyes que reglamenten su ejercicio; a saber: ... de profesar libremente su culto...". Además el mismo artículo garantiza dos derechos íntimamente relacionados con el anterior: el de publicar sus ideas por la prensa sin censura previa, y el de asociarse con fines útiles.
El artículo 19, también de esta Primera Parte, es aún más claro: "Las acciones privadas de los hombres que de ningún modo ofendan al orden y a la moral pública, ni perjudiquen a un tercero, están sólo reservadas a Dios, y exentas de la autoridad de los magistrados. Ningún habitante de la Nación será obligado a hacer lo que no manda la ley, ni privado de lo que ella no prohibe".
Por su parte, la Ley 17.132, del Ejercicio de la Medicina, Odontología y Actividades Afines, en su artículo 19, inciso tercero, establece: "Los profesionales que ejerzan la medicina están, sin perjuicio de lo que establezcan las demás disposiciones legales vigentes, obligados a /.../ respetar la negativa del paciente en cuanto sea negativa a tratarse o internarse, salvo los casos de inconsciencia, alienación mental, lesionados graves por causa de accidentes, tentativas de suicidios o delitos. En las operaciones mutilantes se solicitará la conformidad por escrito del enfermo, salvo cuando la inconsciencia o alienación o la gravedad del caso no admitiera dilaciones. En los casos de incapacidad, los profesionales requerirán la conformidad del representante del incapaz".
El análisis del contenido de este artículo revela que existen en él evidentes contradicciones internas: en los casos en que interviene la justicia, es decir en los accidentes graves, en las tentativas de suicidio y en los delitos, aunque el sujeto esté consciente y exprese su negativa a ser tratado o internado, el médico puede violentar su libertad de elección y tratarlo en contra de su voluntad.
En el Código de Etica de la Confederación Médica de la República Argentina, elaborado en 1964, en su Capítulo II, titulado "Deberes de los médicos para con los enfermos", artículo l2, también se advierten contradicciones: "El profesional debe respetar las creencias religiosas de sus clientes, y no oponerse al cumplimiento de los preceptos religiosos, siempre que esto no redunde en perjuicio de su estado".
Pese a estas incongruencias, es evidente que las normas legales respetan y protegen la libertad de conciencia y el derecho de todo individuo a negarse a hacer lo que no obliga la ley.
De todo lo expuesto surge que, desde el punto de vista legal, no se puede nunca obligar a un Testigo de Jehová que esté lucido y con el juicio crítico conservado, a ser transfundido. Las únicas excepciones son dos: a) el caso de la mujer embarazada con una indicación precisa de transfusión, en el que se debe hacer una consulta urgente al juez civil de turno, quien generalmente ordena la transfusión ya que su obligación es tutelar el derecho a la vida del feto; y b) el caso del menor de edad, que no puede decidir por sí mismo, en que también debe informarse al juez civil, ya que si bien los padres tienen la patria potestad, su derecho es inferior al derecho a la vida que tiene el menor. Hoy en día una frondosa jurisprudencia avala lo expuesto, a partir de la primera sentencia firme de la Justicia Nacional en lo Civil del 4/12/86 que rechazó el pedido de ordenar una transfusión. Un hecho muy fundamental resulta el pronunciamiento de la Corte Suprema de la Nación en la causa "Bahamondez, Marcelo s. medida cautelar", del 6 de abril de 1993. En él, seis jueces del Alto Tribunal, con distintos argumentos (unos por el derecho a la libertad religiosa, otro por el señorío sobre el propio cuerpo, etc.), se definieron a favor del respeto a la objeción de conciencia, o sea, a la voluntad del enfermo. El Dr. Eduardo Gerome, en una Nota publicada en el diario La Nación, de Buenos Aires, el 27 de octubre de 1995, con el título "Libertad de conciencia y Medicina", al analizar un fallo de la Cámara Civil por el que se denegaba a un sanatorio la autorización para practicar una transfusión, a manera de síntesis del problema señalaba que la decisión judicial venía a dar una solución justa, anteriormente no siempre reconocida. En efecto, la costumbre era que los tribunales dieran primacía al valor vida por sobre la decisión del propio interesado. El fallo, en cambio, situaba el derecho a la libertad por encima del derecho a la salud o a la vida. Agregaba el Dr. Gerome que "Precisamente, la libertad de conciencia forma parte de esta esfera de libertad, que debe ser primordialmente respetada porque atañe a la dignidad de la persona. Ese derecho a la dignidad, por ser superior en rango y jerarquía a los demás, debe ser reconocido como tal por el ordenamiento legal".
Ultimamente la situación ha comenzado a variar lentamente. Mientras la Watchtower Society (Sociedad de la Torre que Vigila) se mantiene firme en sus creencias, han comenzado a aparecer voces disidentes que cada vez son más. Sostienen que una transfusión de sangre es un tejido líquido o un transplante de un órgano, y no una comida, y por lo tanto no viola la admonición de las Escrituras de "abstenerse de comer sangre". Se ha creado la Asociación de Testigos de Jehová para la Reforma sobre la Sangre que sostiene que la Watchtower Society debe modificar su doctrina, porque se trata de un asunto de vida o muerte para miles de Testigos. Piensa que los fieles deben tener el derecho de decidir si aceptan o no varios tipos de terapéuticas con sangre y sus derivados, sin el miedo de ser echados de su religión, y que la Watchtower Society debe cesar su propaganda sobre el uso de la sangre.
Mientras el aspecto legal es claro, y el médico se va simplificando, persiste el problema ético, que es la base de todo el asunto.
Marcos Meeroff y Agustín Candiotti, en su obra "Ciencia, técnica y humanismo", Editorial Biblos, Bs. As., 1996, citan a Nye, autor que sintetiza en pocas palabras los valores que deben defenderse, los "valores morales intrínsecos: la vida misma, la eliminación del dolor o la molestia crónica, la eliminación del miedo y la ansiedad grave, la libertad para practicar opciones, la condición de amar y ser amado, el respeto de la verdad como valor definible, la fe en el libre juego de la inteligencia crítica, el respeto por el mérito, la igualdad y la dignidad de cada individuo, la admisión de que es necesario desarrollar un esfuerzo cooperativo a favor del bienestar común, el reconocimiento del derecho a la propia autodeterminación de cada persona, cualquiera sea su raza o color".
En el mismo sentido, Rafael Gómez Pérez en su ensayo "Los derechos", publicado en la Biblioteca Cristiana, Editorial Planeta-De Agostini, Madrid, 1995, expresa la visión del católico, la que obviamente es subscripta por todas las demás religiones monoteístas. Señala que el hombre nace con derechos que son suyos, que no le son atribuidos, concedidos u otorgados por la sociedad, sino que la sociedad ha de reconocerlos, como se re-conoce lo que ya existe.
Dice que la fe cristiana, si es auténtica, no puede permitir ídolos ni políticos que sacrifiquen esos derechos al poder, ya que ello es inmoral. "Por naturaleza nadie hay más que nadie. El único absoluto es Dios, pero en el cristianismo Dios no es antes que nada Poder; Dios es antes que nada, Amor. Su título es Padre, y, como dice la Biblia, crea al hombre y lo deja en manos de su libre albedrío".
Todo el libro se dedica a analizar los distintos derechos humanos: el derecho a la vida, el derecho general a la libertad, al trabajo, al modo propio de ser, a amar, a la ilusión, a una familia, a ganarse la vida, a equivocarse, a la seguridad personal, a la educación, a ser respetado por el Estado, a la información, a la integridad de la persona, a una muerte en paz, a ser tratado con esmero, a la objeción de conciencia, a asociarse, al respeto de su buen nombre, a moverse, al silencio.
En síntesis, el derecho a ser un ser humano, criatura de Dios.

Bibliografía
1) "El libro del pueblo de Dios. La Biblia", Editorial Fundación de Vida, Buenos Aires, Argentina, 1997.
2) "Precisiones e imprecisiones en el caso Bahamondez", La Ley, Buenos Aires, Argentina, Año LVIII, Nº64, 4/4/94, página 1.
3) "Libertad de conciencia y Medicina", de Eduardo Gerome, diario La Nación, Buenos Aires, Argentina, 27/10/95, página 9.
4) "Juzgado en lo Civil y Comercial de 1ª. Instancia de Rosario, 20/3/95: Autorización para transfundir a un Testigo de Jehová", en "El Derecho", Nº 8769, del 13/6/95, Buenos Aires, Argentina.
5) "Causa Nº 35.909: Internación y transfusión de sangre/Villalba, Estéban Martín" del Juzgado en 1ª. Instancia en lo Criminal y Correccional de Morón, del 21/11/93.
6) "El hombre en busca de sentido", de Viktor E. Frankl, -- 1a. ed. --, Herder, Barcelona, 1994.
7) "Harrison's Principles of Internal Medicine", 13ª. Edición, Editorial Mc Graw - Hill, USA, 1994.
8) "Ciencia, técnica y humanismo", de Marcos Meeroff y Agustín Candiotti, Editorial Biblos, Buenos Aires, Argentina, 1996.
9) "Los derechos", de Rafael Gómez Pérez, Biblioteca Cristiana, Editorial Planeta- De Agostini, Madrid, España, 1995.


Los tres filtros de Sócrates

En la antigua Grecia, Sócrates fue famoso por la práctica de su conocimiento, con alto respeto. Un día un conocido se encontró con el gran filósofo y le dijo:
¿Sabes lo que escuché acerca de tu amigo?
Espera un minuto, replicó Sócrates. Antes de decirme cualquier cosa querría que pasaras un pequeño examen. Es llamado el examen del triple filtro.
¿Triple filtro?
Correcto, continuó Sócrates. Antes de que me hables sobre mi amigo, puede ser una buena idea tomar un momento y filtrar lo que vas a decir. Es por eso que lo llamo el examen del triple filtro.
El primer filtro es la verdad: ¿estás absolutamente seguro de que lo que vas a decirme es cierto?
No, dijo el hombre, realmente sólo escuché sobre eso y...
... Muy bien, dijo Sócrates. ¡Entonces realmente no sabes si es cierto o no!
Ahora permíteme aplicar el segundo filtro, el filtro de la bondad: ¿es algo bueno lo que vas a decirme de mi amigo?
No, por el contrario...
Entonces, continuó Sócrates, tú deseas decirme algo malo sobre él, pero no estás seguro de que sea cierto. Tú puedes aún pasar el examen, porque queda un filtro; el filtro de la utilidad: ¿será útil para mí lo que vas a decirme de mi amigo?
No, realmente no.
Bien, concluyó Sócrates. Si lo que deseas decirme no es cierto ni bueno e incluso no es útil, ¿por qué decírmelo?

miércoles, 24 de noviembre de 2010

El suicida altruísta

Ha tomado estado público la pesadilla que causa desvelos, cuando no infartos, a muchos miembros de la comunidad médica. Los juicios por mala praxis se han convertido en un provechoso recurso de subsistencia para muchos abogados ávidos de litigio, conocedores de las falencias del sistema. Los títeres del arte de curar, marionetas de obras sociales, hospitales y sistemas prepagos de atención, hospitales y sistemas prepagos de atención médica trabajan donde y como pueden. Su responsabilidad
social hace funcionar las instituciones y su irresponsabilidad personal los lleva a exponerse inútilmente. El día en que ellos, verdaderos médicos por vocación, dejen de pensar tanto en el paciente, en su capacitación profesional a cualquier costo, en las instituciones para las que trabajan, y tomen conciencia de lo mucho que arriesgan en
cada acto médico, ese día la atención del país se paralizará. Porque sólo un demente alguien que ha perdido la facultad de discernir entre la bondad y la estupidez, puede aceptar la responsabilidad de barajar una vida humana cuando un sistema perverso y carente en todo sentido no le brinda la seguridad y tranquilidad necesarias para trabajar como corresponde. Porque el médico que asume la responsabilidad en un acto quirúrgico, que se somete al estrés de desplegar su arte sobre un paciente dormido, que asume la lucha contra la enfermedad ajena, que desafía a la muerte sabiendo que no siempre triunfará y que acepta hacerlo por la vergonzosa remuneración que el sistema le
asigna, ese médico no es bueno, es estúpido, es alguien que consume toda su inteligencia en el cadalso de su ofrenda personal hacia un prójimo que no le reconoce
el esfuerzo. Agotada su paciencia, ya no puede ver que un error, aunque involuntario, le puede costar su patrimonio, su bienestar, su salud. Este suicida altruista figura en todas las cartillas de los sistemas prepagos de atención médica. Trabaja en los hospitales
nacionales, provinciales o municipales, superado por un aluvión de pacientes que envejece haciendo colas y recibe atención francamente deficitaria. Deambula por clínicas y sanatorios juntando monedas para poder subsistir. Este médico, suicida por
vocación, inteligente para el prójimo y descerebrado para sí mismo, bueno y estúpido a la vez, responsable ante la sociedad e irresponsable ante su familia, es la carne del cañón, el centro del blanco de la industria de la "mala praxis". Todo abogado sabe que en este sistema perverso tan carente de recursos tan manoseado por inescrupulosos enriquecidos a costa de la salud, el médico es el "hilo fino" más fácil de cortar, el candidato ideal para exprimir, el ingenuo más liviano de sacudir para rescatar las monedas que llevan en los bolsillos. Lo que pocos se han puesto a pensar, es que, en definitiva este ensañamiento médico, que no discrimina entre idóneos e incapaces, entre buenos y malos, decentes y envilecidos comerciantes, es fundamentalmente perjudicial para el paciente. La comunidad toda empieza a sufrir las consecuencias cuando el médico capacitado, con experiencia, con reconocido prestigio entre sus colegas, empieza a "esquivar" la patología difícil, esa donde arriesga mucho y gana poco.
El médico que cuida sus espaldas, discrimina por necesidad. La comunidad
toda sufre esta realidad, al verse privada de la idoneidad y la experiencia de sus mejores médicos. Porque los mejores, también los más inteligentes, rápidamente ven la necesidad de dar un paso al costado par no exponerse. Si bien es cierto que algunos médicos argentinos no están acostumbrados a responsabilizarse por sus acciones, también es cierto que la inmensa mayoría, no tendría que trabajar en las actuales circunstancias.
Arriesgan mucho sin ganar nada. Porque si un cirujano tiene que afrontar un juicio por mala praxis, la demanda supera en miles de veces la remuneración de su trabajo. Una intervención $ 120 puede convertirse en un juicio de $120.000. Así las cosas, los sistemas prepagos de atención médica, circular mediante, solicitan a sus médicos fotocopia de la póliza de seguro suscrita. Ellos, al mejor estilo de Poncio Pilato, pretenden que el médico, con centavos que le asignan por su trabajo, contrate un seguro de "mala praxis". De esta manera, los líderes de la medicina prepaga se cubren de los errores del servicio que dicen brindar. Logran su cometido sin sacrificar un solo centavo de sus arcas. Con los aranceles vigentes, ningún médico puede asegurarse contra "mala praxis". Con temor a la "mala praxis", ninguno puede trabajar como debería. El auge de este tipo de juicios no es culpa de los abogados. Ellos, que son muchos y deben subsistir, han visto las falencias del sistema que colocan al médico en la primera línea de fuego. Como frágil fusible de una máquina sanitaria en constante corto circuito, el
médico salta y se quema. Gane o pierda, con o sin justicia, con razón o sin ella, el médico debe pagar. La sociedad parece ensañada con los encargados de velar por la salud. Todos y cada uno debemos ser responsables de nuestros actos. Los errores deben ser asumidos y la impunidad desterrada. Estos grandes objetivos no pueden tener vigencia unilateral. La vida del paciente vale tanto como la del médico. Por el bien de todos, la legislación debe proteger tanto a una como a otra.


Diario El Cronista, hace aproximadamente dos años, por el Dr. Marcos R. Llambias (h), (apellido muy conocido entre los abogados argentinos).

Consejos de Esculapio


¿Quieres ser médico, hijo mío?
¿Has pensado bien en lo que ha de ser tu vida? Tendrás que renunciar a la vida privada; mientras la mayoría de los ciudadanos pueden, terminada su tarea, aislarse lejos de los inoportunos, tu puerta quedará siempre abierta a todos; a toda hora del día o de la noche vendrán a turbar tu descanso, tus placeres, tu meditación; ya no tendrás hora que dedicar a la familia, a la amistad o al estudio; ya no te pertenecerás.
Los pobres, acostumbrados a padecer, no te llamarán sino en casos de urgencia; pero los ricos te tratarán como esclavo encargado de remediar sus excesos; sea porque tengan una indigestión, sea porque estén acatarrados; harán que te despierten a toda prisa tan pronto como sientan la menor inquietud, pues estiman en muchísimo su persona. Habrás de mostrar interés por los detalles más vulgares de su existencia, decidir si han de comer ternera o cordero, si han de andar de tal o cual modo cuando se pasean. No podrás ir al teatro, ausentarte de la ciudad, ni estar enfermo; tendrás que estar siempre listo para acudir tan pronto como te llame tu amo.
Eras severo en la elección de tus amigos; buscabas a la sociedad de los hombres de talento, de artistas, de almas delicadas; en adelante, no podrás desechar a los fastidiosos, a los escasos de inteligencia, a los despreciables. El malhechor tendrá tanto derecho a tu asistencia como el hombre honrado; prolongarás vidas nefastas, y el secreto de tu profesión te prohibirá impedir crímenes de los que serás testigo.
Tienes fe en tu trabajo para conquistarte una reputación; ten presente que te juzgarán, no por tu ciencia, sino por las casualidades del destino, por el corte de tu capa, por la apariencia de tu casa, por el número de tus criados, por la atención que dediques a las charlas y a los gustos de tu clientela. Los habrá que desconfiarán de ti si no gastas barbas, otros si vienes de Asia; otros si crees en los dioses; otros, si no crees en ellos.
Te gusta la sencillez; habrás de adoptar la actitud de un augur. Eres activo, sabes lo que vale el tiempo, no habrás de manifestar fastidio ni impaciencia; tendrás que soportar relatos que arranquen del principio de los tiempos para explicarte un cólico; ociosos te consultarán por el solo placer de charlar. Serás el vertedero de sus disgustos, de sus nimias vanidades.
Sientes pasión por la verdad; ya no podrás decirla. Tendrás que ocultar a algunos la gravedad de su mal; a otros su insignificancia, pues les molestaría. Habrás de ocultar secretos que posees, consentir en parecer burlado, ignorante, cómplice.
Aunque la medicina es una ciencia oscura, a quien los esfuerzos de sus fieles van iluminando de siglo en siglo, no te será permitido dudar nunca, so pena de perder todo crédito. Si no afirmas que conoces la naturaleza de la enfermedad, que posees un remedio infalible para curarla, el vulgo irá a charlatanes que venden la mentira que necesita.
No cuentes con agradecimiento; cuando el enfermo sana, la curación es debida a su robustez; si muere, tú eres el que lo ha matado. Mientras está en peligro te trata como un dios, te suplica, te promete, te colma de halagos; no bien está en convalecencia, ya le estorbas, y cuando se trata de pagar los cuidados que le has prodigado, se enfada y te denigra.
Cuanto más egoístas son los hombres, más solicitud exigen del médico. Cuanto más codiciosos ellos, más desinteresado ha de ser él, y los mismos que se burlan de los dioses le confieren el sacerdocio para interesarlo al culto de su sacra persona. La ciudad confía en él para que remedie los daños que ella causa. No cuentes con que ese oficio tan penoso te haga rico; te lo he dicho: es un sacerdocio, y no sería decente que produjera ganancias como las que tiene un aceitero o el que vende lana. Te compadezco si sientes afán por la belleza; verás lo más feo y repugnante que hay en la especie humana; todos tus sentidos serán maltratados. Habrás de pegar tu oído contra el sudor de pechos sucios, respirar el olor de míseras viviendas, los perfumes harto subidos de las cortesanas, palpar tumores, curar llagas verdes de pus, fijar tu mirada y tu olfato en inmundicias, meter el dedo en muchos sitios. Cuántas veces, un día hermoso, lleno de sol y perfumado, o bien al salir del teatro, de una pieza de Sófocles, te llamarán para un hombre que, molestado por los dolores de vientre, pondrá ante tus ojos un bacín nauseabundo, diciéndote satisfecho: "Gracias a que he tenido la preocupación de no tirarlo". Recuerda, entonces, que habrá de parecer que te interese mucho aquella deyección. Hasta la belleza misma de las mujeres, consuelo del hombre, se desvanecerá para ti. Las verás por las mañanas desgreñadas, desencajadas, desprovistas de sus bellos colores y olvidando sobre los muebles parte de sus atractivos. Cesarán de ser diosas para convertirse en pobres seres afligidos de miserias sin gracia. Sentirás por ellas más compasión que deseos. ¡Cuántas veces te asustarás al ver un cocodrilo adormecido en el fondo de la fuente de los placeres!
Tu vida transcurrirá como la sombra de la muerte, entre el dolor de los cuerpos y de las almas, entre los duelos y la hipocresía que calcula a la cabecera de los agonizantes; la raza humana es un Prometeo desgarrado por los buitres.
Te verás solo en tus tristezas, solo en tus estudios, solo en medio del egoísmo humano. Ni siquiera encontrarás apoyo entre los médicos, que se hacen sorda guerra por interés o por orgullo. Únicamente la conciencia de aliviar males podrá sostenerte en tus fatigas. Piensa mientras estás a tiempo; pero si indiferente a la fortuna, a los placeres de la juventud; si sabiendo que te verás solo entre las fieras humanas, tienes un alma bastante estoica para satisfacerse con el deber cumplido sin ilusiones; si te juzgas bien pagado con la dicha de una madre, con una cara que te sonríe porque ya no padece, o con la paz de un moribundo a quien ocultas la llegada de la muerte; si ansías conocer al hombre, penetrar todo lo trágico de su destino, ¡hazte médico, hijo mío!

jueves, 18 de noviembre de 2010

Darnos permiso

Ojalá nos diéramos permiso más a menudo para estas cosas…
“Me doy permiso para separarme de personas que me maltraten, que me traten con brusquedad, presiones o violencia. No acepto ni la brusquedad ni mucho menos la violencia aunque vengan de mis padres, pareja, hijos, de nadie.
Las personas bruscas o violentas quedan ya, desde este mismo momento, fuera de mi vida.
Soy un ser humano que trata con consideración y respeto a los demás. Merezco también consideración y respeto.
Me doy permiso para no obligarme a ser “el alma de la fiesta”, el que pone el entusiasmo en las situaciones, ni ser la persona que pone el calor humano en el hogar, la que está dispuesta al diálogo para resolver conflictos cuando los demás ni siquiera lo intentan.
No he nacido para entretener y dar energía a los demás a costa de agotarme yo: no he nacido para estimularles con tal de que continúen a mi lado.
Mi propia existencia, mi ser; ya es valioso. Si quieren continuar a mi lado deben aprender a valorarme. Mi presencia ya es suficiente: no he de agotarme haciendo más.
Me doy permiso para no tolerar exigencias desproporcionadas. No voy a cargar con responsabilidades que corresponden a otros y que tienen tendencia a desentenderse.
Me doy permiso para no agotarme intentando ser una persona excelente. No soy perfecto, nadie es perfecto y la perfección es oprimente.
Asumo plenamente mi derecho a defenderme, a rechazar la hostilidad ajena, a no ser tan correcto como quieren; y asumo mi derecho a ponerles límites y barreras a algunas personas sin sentirme culpable. No he nacido para ser la víctima de nadie.
Me doy permiso para no estar esperando alabanzas, manifestaciones de ternura o la valoración de los otros.
Me permito no sufrir angustia esperando una llamada de teléfono, una palabra amable o un gesto de consideración. Me afirmo como una persona no adicta a la angustia.
Soy yo quien me valoro, me acepto y me aprecio. No espero a que vengan esas consideraciones desde el exterior. Y no espero encerrado o recluido ni en casa, ni en un pequeño círculo de personas de las que depender.
Al contrario de lo que me enseñaron en la infancia, la vida es una experiencia de abundancia. Empiezo por reconocer mis valores, y el resto vendrá solo. No espero de fuera.
Me doy permiso para no estar al día en muchas cuestiones de la vida: no necesito tanta información, tanto programa de ordenador, tanta película de cine, tanto periódico, tanto libro, tantas músicas.
Decido no intentar absorber el exceso de información. Me permito no querer saberlo todo. Me permito no aparentar que estoy al día en todo o en casi todo.
Y me doy permiso para saborear las cosas de la vida que mi cuerpo y mi mente pueden asimilar con un ritmo tranquilo. Decido profundizar en todo cuanto ya tengo y soy. Con lo que soy es más que suficiente. Y aún sobra.
Me doy el permiso más importante de todos: el de ser auténtico. No me impongo soportar situaciones y convenciones sociales que agotan, que me disgustan o que no deseo. No me esfuerzo por complacer. Si intentan presionarme para que haga lo que mi cuerpo y mi mente no quieren hacer, me afirmo tranquila y firmemente diciendo que no. Es sencillo y liberador acostumbrarse a decir “no”.
Elijo lo que me da salud y vitalidad. Me hago más fuerte y más sereno cuando mis decisiones las expreso como forma de decir lo que yo quiero o no quiero, y no como forma de aceptar las elecciones de otros. No me justificaré: si estoy alegre, lo estoy; si estoy menos alegre, lo estoy; si un día señalado del calendario es socialmente obligatorio sentirse feliz, yo estaré como estaré.
Me permito estar tal como me sienta bien conmigo mismo y no como me ordenan las costumbres y los que me rodean: lo “normal” y lo “anormal” en mis estados emocionales lo establezco yo.”


Noticias de papá. Acerca de las explicaciones inútiles y los límites de la Medicina



Por Daniel Flichtentre.
Hola Doctor:


Le escribo para contarle que hemos pasado un mes de Agosto terrible: mi papá tuvo una neumonía y hubo que internarlo. El traslado hacia la capital fue una verdadera “Odisea”. Terminamos en un  sanatorio de su obra social. A pesar de nuestros temores, allí lo atendieron muy bien. Su estado empeoró mucho durante esos días. Se incrementó su demencia senil y estuvo muy excitado. Como trató de escapar, en varias oportunidades, lo contuvieron atándolo a la cama y así estuvo las dos semanas que duró la internación. También se arrancó la sonda urinaria, se lastimó y orinaba sangre, por lo que le practicaron un sondaje vesical permanente. Su estado general decayó como nunca antes había ocurrido. Luego fue necesario trasladarlo a otro geriátrico con un seguimiento médico más estricto. Allí está ahora.
Fueron semanas muy tristes y cargadas de angustia. Usted sabe lo que significa un padre para sus hijos y lo penoso que es ver el avance despiadado y cruel de la vejez. No puedo creer que mi papá, un hombre tan lúcido, ahora tenga un discurso tan disgregado como el que tiene. Ya no podemos mantener esos largos diálogos que teníamos antes de la neumonía. Yo lo sentaba frente a la ventana y pasábamos horas contándonos las mismas historias que ambos sabíamos de memoria. Algunas veces él se perdía y se quedaba en silencio durante unos minutos. Yo lo esperaba. Luego, la conversación continuaba como si nada hubiese sucedido. Nunca me animé a preguntarle hacia dónde se iba durante esos momentos. Por favor, dígame ¿dónde está ahora mi papá en el cuerpo de este hombre? Me mira, busca con los ojos alguna señal  que le diga quién soy. Y no la encuentra. Luego se encierra en un silencio impenetrable y se resguarda de mí como de una extraña que lo amenaza.  Se asusta si lo acaricio. Se cubre la cabeza con los brazos como si esperara que yo lo ataque. ¿En qué mundo está?  Necesito verlo, hablarle, despedirme aunque sea por última vez. ¿Será posible? Tengo miles de cosas para decirle que nunca le dije. Tengo preguntas que hacerle. Cuentas entre él y yo que no han sido saldadas. Tengo perdones que jamás le he pedido y algunas deudas mutuas que no nos hemos pagado. Por favor, haga algo. Devuélvamelo por un instante. Tiene que sacarlo del agujero donde se ha hundido para que podamos hablarnos. No sé qué hacer. ¿Qué es esto que no es la muerte pero es una ausencia aún menos comprensible? ¿Quién es ese hombre que parece mi viejo pero para quien yo no soy nada? Usted sabe lo que yo ignoro. Tiene que explicármelo. Tiene que encontrar una forma de hacerlo razonable.
Perdón por contarle esto. Quería que lo sepa. No conozco a nadie más que pueda escucharme.

Besos,
Diana

Hola Diana:
      Me he quedado pensando un largo rato antes de responderte. Pero no me ha servido de mucho. Tus interrogantes, o no tienen respuesta o, si la tienen, no estamos preparados para escucharla. Tengo montones de argumentos para ofrecerte pero no explican nada. Así son las cosas. Conocer Medicina es tan insuficiente y es tan inútil frente a los grandes interrogantes de la vida.
En algún remoto lugar del hombre que ahora ves, están los rastros de tu padre. Incluso cuando no logres verlos. Pero, claro, una enorme porción de lo que fue ya no podrás encontrarla allí. Sólo quedan tus recuerdos y el sabor  intangible de la relación que has tenido con él. Sin memoria no hay identidad. Y eso es una bendición que permite que tu viejo no asista como un espectador a su propia disolución. El olvido de lo que ha sido es para él la terapéutica de lo que ahora es. Pero no para vos, lo comprendo perfectamente. Es terrible, pero inevitable. A él lo reparará el olvido y a vos la memoria. Cada uno a su manera se defiende del inexorable paso del tiempo y de la conciencia de la finitud que quisiéramos no ver. Hay formas idiotas del consuelo que no pienso ofrecerte. Sos demasiado inteligente y sensible como para dejarte engañar. Y te quiero más de lo que me permitiría intentarlo. La verdad es siempre mejor, incluso cuando luzca horrible. Hay un tiempo inerte que a veces transitamos las personas donde ya no "somos" pero aún "vivimos". Es el momento del acompañamiento y del  homenaje. De la construcción de  los recuerdos que vas a guardar para siempre. De la caricia y el beso que no esperan respuesta porque quien los recibe no es a quien se los das. No puedo prometerte lo que no va a ocurrir. Vos y yo lo sabemos. Dale a Jorge la dignidad que se ha ganado en el momento en que más la necesita. Acompañalo, protegelo de sí mismo y de la indiferencia ajena. Se lo merece. No sólo el padre que vos conociste sino el hombre que conocimos otros y que a vos te ha sido vedado. Todos somos múltiples y existimos únicamente en las personas que nos han querido. Es la hora de entender el sentido de su vida y de elegir lo que se recordará de él, tanto como lo que sepultará el olvido. No hay errores ni reclamos, no sería justo cuando él ya no puede dar explicaciones. Ahora todo es deuda y es el tiempo de pagarla. Tu viejo ha sido un gran hombre y le ha dado a muchos más de lo que vos podés imaginar. Sé que es muy poco, pero no tengo otra cosa que darte sin faltar a la verdad que merecés.
Así somos los médicos, apenas una mano que acompaña, una palabra que consuela. Lo poco que sabemos no puede explicar la inmensidad de lo que enfrentamos. Ni tu desesperado temblor de hija, ni mi perplejidad ilustrada pueden responder a tus preguntas. Frente a lo irreparable, ante una ausencia que no tiene remedio, ni tu sinceridad brutal ni mi pedantería clínica tienen nada que decir. Es en este momento, precisamente ahora, cuando el médico que soy sólo puede ofrecerte a la persona que siempre he sido para que te sientas menos sola y desamparada. Los médicos no estamos acostumbrados a los límites. Nos defiende de ellos la ceguera de la omnipotencia. Vos me ponés contra la pared. Me obligás a confesar mis debilidades. Entonces sólo puedo prometerte que me despojaré de los disfraces. Que siento que lo único que puedo darte está muy lejos de lo que me pedís. Pero quiero que sepas que, pese a ello, aquí estaré para lo que necesites .

Un beso grande, Daniel.