The Cure - Disintegration


martes, 7 de diciembre de 2010

Intertextualidad: un recurso inevitable en la lectura.

 Comentario acerca de Ayudar, aunque llore en el alma. Por: (*)Amalia Pati



No tengo el vicio de la intertextualidad. Es el vicio de los críticos, sin el cual quizás no existirían. En pocas palabras, cuando leo, espontáneamente, sin que me lo proponga, en un acto involuntario de mi mente, la lectura de un texto me remonta a otros textos con el que el actual tiene algo en común. La reflexión que hago como lectora, en esas circunstancias,  podría ser: “Yo esto lo leí en otra parte”. Y el ¿dónde? viene como por encanto. Este fenómeno no es privativo de la literatura. Puede suceder con el cine y con casi todos los ámbitos del arte. Y sucede porque debajo de un texto subyacen otros textos, miles de textos, porque nadie se crea que habló por primera vez. Nuestros textos dialogan con otros textos anteriores y por venir.

En esta ocasión, leía con mucho placer el ensayo de Ricardo Ricci tituladoAyudar, aunque llore en el alma, un título que, como todo título pertinente, condensa el nudo primordial del texto que es, precisamente, el lugar hacia donde se perfila mi análisis.  Estaba casi terminando la lectura cuando percibo que Ricci se lanza con una historia personal. Transcribo el párrafo a manera de recordatorio. Dice así: “He tenido oportunidad de atender a pacientes estando yo mismo al borde del desgarro interno, poniendo en un segundo plano el propio dolor. Recuerdo una vez que iba a ver un paciente, mientras lloraba solo en el auto, por una pérdida familiar irreparable; me temblaban las manos y mi cuerpo tiritaba” […]  Y, luego, cuenta la visita en el domicilio de una paciente que no estaba grave ni mucho menos. Inmediatamente, vino a mi mente un cuento de A. Chéjov, “Enemigos”,(1) de 1887, cuyo título original, en ruso por supuesto, sería Vragi.

A las diez de la noche muere de difteria el pequeño hijo del doctor Kirilov. Segundos después, nada más, de este evento tan doloroso, un hombre llega a la casa del médico, en busca de auxilio, porque su mujer ha tenido un fuerte dolor en el pecho. El hombre está desesperado, trémulo, sus frases son entrecortadas y la respiración dificultosa; no obstante, como puede, le pide a Kirilov, a quien había conocido en casa de un amigo, que lo acompañe a su casa para tratar de salvar a su querida esposa.  Luego de un breve reconocimiento (por algo se titula “Enemigos”), Kirilov se disculpa y le dice que no puede ir porque ha muerto su hijo. El hombre insiste con vehemencia, lo sacude, le dice que lo comprende pero que él es el único médico del lugar. Kirilov parece indiferente a todo lo que ocurre a su alrededor. Su hijo está todavía en el lecho de muerte, y la madre del niño sentada junto a la cama. El hombre persiste en sus ruegos, y Kirilov se niega sistemáticamente. Cito una parte del diálogo. Dice Abogin: - “ Está usted abrumado de pena; bien lo entiendo. Pero lo que le pido no es que me cure un dolor de muelas […] sino que salve una vida humana. […] Esa vida vale más que un dolor personal. ¡Lo que le pido es valor, es una hazaña! ¡En nombre del humanitarismo!” La palabra humanitarismo indignó a Kirilov, y ésta fue su respuesta:


-El humanitarismo es arma de doble filo. […] En nombre de ese mismo humanitarismo, le pido a usted que no me saque de aquí. ¡Dios mío! ¿A quién se le ocurriría?. Apenas puedo tenerme de pie y usted me asusta con lo del humanitarismo. En este momento no sirvo para nada. No iría por nada del mundo. ¿Con quién dejaría a mi mujer?. No, no.


La discusión entre los dos hombres, continúa. Abogin trata, por todos los medios, de encontrar las palabras y el tono de voz adecuados para persuadir al médico. En el fragor del diálogo, hubo, sin embargo, una expresión que hizo cambiar a Kirilov: la mención, por parte de Abogin, de la “eximia vocación del médico y el autosacrificio”. Así como la invocación al falso humanitarismo había endurecido aún más la decisión del médico, las últimas palabras del suplicante lograron su cometido: que Kirilov lo acompañe a su casa.

Como diría Ricci, Kirilov no estaba en ese estado de compensación necesario para atender el dolor ajeno. Sin embargo, fue. Hasta aquí, las coincidencias que hicieron entretejer en mi mente las relaciones entre el ensayo de Ricardo y el cuento de Chéjov.  Pero Enemigos sigue y tiene un final impredecible, a la vez que diferente al de la consulta con la señora de la enfermedad pulmonar obstructiva crónica. Aunque quizás no sea tan diferente. Vale la pena leerlo.

Si llamo al comentario que motivó este artículo, literario, éste ha llegado a su fin. No obstante, tratándose de médicos, he encontrado más coincidencias entre ambas lecturas.  Ricci en 2010 y Chéjov en las postrimerías del siglo XIX aluden, en sus respectivos textos, a las obligaciones morales del médico; me refiero a esta cuestión de que la profesión ha sido considerada, equívocamente, un sacerdocio que está por encima del médico como ser humano que sufre; tal como lo dice Ricci, “menospreciado, puesto a un costado”. Recuerdo, en este momento, a un panadero italiano que solía decirme, hace unas décadas atrás: “en Italia, el médico era un personaje,  cuando él pasaba, los vecinos se sacaban el sombrero para saludarlo”; seguramente, Chéjov hace dos siglos, en su Rusia natal, debe de haber vivido la misma experiencia. Y, con seguridad, no padeció los problemas de uso y abuso de los comerciantes de la medicina a los que se refiere el autor del ensayo. Nada de eso. Sin embargo, a siglos de distancia, los dos hablan de la desconsideración con ese ser humano que puede enfermarse, quebrarse frente al dolor de una pérdida, y padecer todos los avatares de la vida de cualquier persona porque, erróneamente, mientras el resto se ha perdido, hasta el respeto, no se ha perdido la creencia de que la profesión está antes que la vida misma.

 
(1) Véase Antón Chejóv en La señora del perrito y otros cuentos; Madrid: Alianza editorial; 1998.

(*) Amalia Pati es médica clínica y licenciada en letras.
Colaboradora de la revista de Letras de la Facultad de Humanidades y Artes - UNR y coordinadora de esta edición.
Obtuvo el segundo Premio en el Primer Concurso Municipal de Ensayo 2005 con el ensayo: La tuberculosis y sus “metáforas” en el siglo XIX y principios del siglo XX: un debate abierto.

http://www.medicinaycultura.org.ar/46/Articulo_01.htm

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