The Cure - Disintegration


sábado, 11 de julio de 2015

El acto pericial en la valoración del daño estético


El deterioro a la armonía estética y dinámica del cuerpo humano,
 aunque no repercuta patrimonialmente, retrayendo de cualquier modo
 la capacidad de desenvolvimiento económico de la víctima,
importa un menoscabo a su persona, con repercusión, 
al menos, en el real del prístino afecto más humano, 
el de la integridad y normalidad corporal, afectando ciertamente
 el ámbito espiritual o moral del sujeto padeciente, (…).
Cciv. y Com. San Martín, Sala 2, 2/11/99, 
“López, María Angela c/ Petrollini, Atilio s/ Daños y perjuicios”.



Introducción

El daño estético vulnera el derecho constitucional a la integridad personal y prefigura la necesidad de que sea indemnizado por el responsable. 
Debe tenerse en cuenta el creciente cuidado y valorización que se da en nuestros días a los factores estéticos, dedicando tiempo y dinero al cuidado del cuerpo. 
Para asegurar la ecuanimidad de la indemnización, es indispensable medir el daño estético y saber cómo cuantificarlo. Debiendo disminuir en lo posible la presencia de criterios subjetivos de valoración.
Medir es una de las actividades fundamentales del perito médico. Luego de medir es cuando se puede evaluar, calificar y dar elementos de juicio para quien tenga que tomar decisiones.
El uso de un baremo es un acto de medir  que pretende ofrecer una solución al problema de la cuantificación económica de daños corporales, cuya reparación sin instrumentos, puede ser causa de arbitrariedades, llevando la cuantía de las indemnizaciones a variar erráticamente.  Lo contrario, evaluar sin un baremo, implica un peligroso riesgo de parcialidad. 
Sin embargo, se hace necesario el criterio médico legal fundamentado del perito. La interpretación y el discernimiento de un experto sigue estando por encima de esa importante herramienta que constituye el baremo.




Link: https://drive.google.com/file/d/0ByYe_tJLD-WINkwtM0lwclZxMWs/view?usp=sharing

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jueves, 18 de junio de 2015

La difícil convivencia con los celulares




Todos conocemos la situación: en medio de una reunión, uno o varios de los asistentes teclea constantemente su celular en un acto supuestamente tan trascendente que no puede esperar; o un operario detiene su tarea, saca su celular, lo cheque, se sonríe y lo guarda. Podemos enumerar muchas más. Es un fenómeno actual y por demás de cotidiano.
En lo que nos ocupa tenemos que hablar de la incidencia de estos hábitos y costumbres en el lugar de trabajo, durante el trabajo. Lo cierto es que su empleo en estas ocasiones es una falta de respeto para el resto de los asistentes en el primer ejemplo, y una permanente causa de distracción para el segundo supuesto.
El problema es fácilmente deducible: si estás ocupado en tu smartphone no estas prestando atención, estás distraído. Distraído en tu trabajo. Y es muy seria la vinculación entre el riesgo y el uso del celular. Ni hablar del rendimiento laboral.

Golpe a la productividad

Si en algún momento salir a fumar o tomar café fueron los principales causantes de distracción y bajo rendimiento laboral de los trabajadores, hoy el motivo ha cambiado. Los teléfonos móviles captan nuestra atención en cualquier momento del día y se convierten en nuestro peor enemigo a la hora de concentrarnos y trabajar.

Si bien el usuario puede optar por no atender las llamadas entrantes, tener el celular en proximidad incita a mirarlo varias veces al día. Es sencillo aburrirse con el trabajo diario, y tener al alcance de la mano una herramienta que nos conecta fácilmente con nuestros amigos y sus últimas novedades, es una tentación para cualquiera. 
Lo ideal es abstenerse, porque aunque uno crea que lo mira por pocos minutos, repitiendo el gesto varias veces se reduce el tiempo de la jornada laboral.  Las pausas e interrupciones constantes generan pérdidas considerables y actúan como desaceleradores del rendimiento laboral. 
Aproximadamente el 32% de los trabajadores consulta su celular un mínimo de cuatro veces a la hora.
Si los celulares son permitidos en su ámbito de trabajo, sería correcto mantenerlos con bajo volumen y desactivar todo tipo de notificaciones así como evitar contestarlo cuando se está realizando una tarea.
Usar audífonos en un sitio de construcción o industrial puede ser peligroso ya que puede impedir a los trabajadores escuchar señales de advertencia tales como las alarmas de retroceso en equipos móviles y las instrucciones de seguridad. El uso de audífonos tiene también el potencial para interferir con la comunicación y distraer la atención del trabajador. Hablar por teléfono mientras se camina, es una distracción y tiene la potencialidad de provocar lesiones.
Aunque parezca un problema menor o inocente están en juego muchas más cosas que el bajo rendimiento. Es cada vez es más frecuentes la problemática de las situaciones indiscretas registradas en fotos o filmaciones tomados con el móvil durante horas de trabajo o en fiestas de empresas por ejemplo, que terminan divulgadas en redes sociales sin la anuencia de los participantes.  

¿Qué es tan urgente?

Todo indica hoy en día que la disponibilidad de un teléfono inteligente ya no tiene nada que ver con hacer una llamada, sino que está más relacionado con escuchar música, youtubear, guatsapear, tuitear, feisbuquear. O sea ocio. Cosas que las personas hacemos cuando no tenemos que trabajar, cosas que  pueden esperar.
La tendencia es que las principales empresas poco a poco comienzan a establecer estrictas normas sobre el uso de los teléfonos móviles en horas de trabajo. Estas deberían abarcar todo tipo de situaciones vinculadas con el trabajo y no sólo las reuniones, por ejemplo. Es que se sabe, si no se permite tener el celu a mano, los trabajadores buscaran lugares o recintos a prueba del ojo vigía y por lo tanto se incrementarían las visitas al baño o la cocina.
La Cámara de Industriales Metalúrgicos de Córdoba ha recomendado a sus integrantes, retener los móviles a sus trabajadores en el momento de ingreso y su devolución al finalizar la jornada laboral. Semanas atrás se conoció la resolución 335 del Ministerio de Seguridad de la provincia de Buenos Aires que prohíbe su uso cuando los efectivos están en funciones porque "provoca déficit de atención e incrementa los riesgos de la función".
Es evidentemente un fenómeno de difícil solución debido a la omnipresencia de estos dispositivos en la vida diaria. El bajo rendimiento en el trabajo es el denominador común. El incremento de la siniestralidad, una amenaza real. Es indiscutible que hay tareas que requieren la absoluta abstinencia de estas costumbres y otras no tanto. Las reglamentaciones sobre estas cuestiones irán apareciendo paulatinamente, con distintos matices. Después de todo, nada es tan urgente.


miércoles, 6 de mayo de 2015

¿Por qué es necesario invertir en prevención?

Sabemos, cada vez que se produce un accidente laboral se van a generar costos asociados que impactan a diferentes niveles.
-Al accidentado,  causándole dolor y sufrimiento físico, pérdida de capacidad del trabajo, sufrimiento familiar, disminución en sus ingresos y gastos adicionales, hasta su posible marginación como discapacitado.
-A la empresa le significa la pérdida de recursos humanos, problemas para el equipo de trabajo. También primas de seguro, tiempo perdido, interferencia en la producción, gastos fijos no compensados, afectación de la imagen, etc.
-A la sociedad le cuestan muertes, minusvalías, lesiones, deterioro de la calidad de vida. Gastos sanitarios, prestaciones económicas de la seguridad social.
No solo el empleador es el responsable de la prevención. Esto debe incumbir a todos los actores del sistema. Los organismos de control por ejemplo, son una punta de ovillo, con sus inspectores y programas de vigilancia.
Si el empresario realiza un relevamiento de información que permita el cálculo de los costos asociados a un accidente de trabajo, pondrá en relieve el gasto que podría haberse evitado haciendo una mínima inversión en prevención. Me refiero al debido asesoramiento especializado, capacitación de los mandos medios, mejoras estructurales y de organización del proceso productivo, etc.
¿Cuáles son los costos reales de un accidente de trabajo?
La “teoría de iceberg de los accidentes” (Bird y Fernández) los divide en dos grandes grupos: los costos visibles o directos y los costos no visibles o indirectos.
Los costos directos son aquellos que en general se encuentran a cargo de la ART y de la empresa (atención médica del trabajador, pago de los días caídos, indemnizaciones, etc).
Los costos indirectos son los que deben ser asumidos por la empresa: daño edilicio, daño de maquinaria, del producto, de la materia prima. Retraso en la cadena de producción. Tiempo perdido por otros trabajadores que asisten al accidentado, los mandos medios que investigan y reorganizan a los trabajadores. Asesoramiento jurídico, pericias. Más los costos colaterales: entorpecimiento de la producción, multas por retraso, etc.
A manera de ejemplificación y para demostrar la magnitud de las cifras basta con estimar que si se gasta $1 en los llamados costos directos de un accidente de trabajo van a gastarse entre $1 y $50 en los costos indirectos.
La bibliografía especializada da cuenta de que cada un accidente que deja secuelas incapacitantes en la víctima ocurren aproximadamente 600 incidentes. Que cada 6 accidentes ocurridos, uno es atribuible a la falla mecánica y los otros cinco al factor humano. Es aquí, en el recurso humano, donde se encuentra otra de las puntas del ovillo para abordar la problemática. Donde puede comenzarse con medidas de educación y formación del obrero. Proveyéndole información de los riesgos a los que está expuesto, de cómo evitar daños y accidentes.
No importa lo que ya se ha realizado en materia de salud y seguridad ocupacional en una determinada industria, siempre resta trabajo por hacer, medidas por tomar. De profundizar las acciones de prevención que abarquen todas la jerarquías. En la reorganización de una tarea para que resulte menos riesgosa, en la utilización de maquinaria segura, etc.
Supongamos
El obrero que tomamos por ejemplo es encargado de operar una amoladora. Una poderosa herramienta con infinidad de usos y múltiples riesgos. Uno de ellos es la proyección de partículas de distinto tamaño a gran velocidad. Esta herramienta incorrectamente usada es responsable de numerosos accidentes. Un órgano típicamente afectado es el globo ocular, cuya lesión más lamentable, su pérdida, ocasionará mínimamente entre 45 y 75 días de baja laboral pero la valoración de la incapacidad que ocasiona en el accidentado (enucleación con prótesis, según Baremo de LRT) nunca será menor al 45%. Imaginemos la cifra de dinero que resulta de sumar los costos directos e indirectos más la cifra de la indemnización que es el resultado de multiplicar el porcentaje de incapacidad por el valor del punto de incapacidad.
Esta situación hipotética nos sirve para darle dimensión estas cuestiones. Por un lado la gran cifra de dinero que le cuesta al sistema la falta de concientización de sus actores y por otro lado, lo irracional de la situación si ponemos en consideración que el par de antiparras que el operario de la amoladora debía estar usando para evitar esta lesión  se consigue a $30.


jueves, 16 de abril de 2015

La organización científica del trabajo

Frederick W. Taylor  fue un ingeniero mecánico y economista estadounidense nacido en 1856, ideólogo de un sistema de organización del trabajo conocido hoy día como “taylorismo”. Este se basa en la aplicación de métodos científicos de orientación positivista y mecanicista al estudio de la relación entre el obrero y las técnicas modernas de producción industrial. Buscando maximizar la eficiencia de la mano de obra, máquinas y herramientas, mediante la división sistemática de las tareas, la organización racional del trabajo en sus secuencias y procesos, y el cronometraje de las operaciones. Además de incentivar la  motivación del obrero premiando el rendimiento, suprimiendo toda improvisación.
El taylorismo es el referente básico respecto del cual se definen las “nuevas formas de organización del trabajo”, cuya organización rígida, domina la vida durante las horas de trabajo y también invade el tiempo libre.
La “holgazanería del taller” fue evidenciada como pérdida de tiempo, producción y dinero por lo que debía ser reducida al máximo. Ésta no hace referencia a los momentos de descanso u ocio en el trabajo, sino más bien los instantes durante los cuales el obrero  trabajaba a un ritmo menor del que habría podido adoptar.
El principal obstáculo que encuentra Taylor al repensar el proceso productivo, es la ventaja indiscutible del obrero-artesano sobre el empleador en la discusión de los tiempos y de los ritmos de trabajo. El conocimiento de la tarea y del modo operatorio se encuentra en el campo del obrero y está ausente en la argumentación del ingeniero.
El saber obrero se destaca en esta lucha como “un secreto” del que Taylor se va a apropiar. La consecuencia en el devenir de las décadas es el desposeimiento del conocimiento del obrero- artesano y su sustitución por la organización científica del trabajo (OCT).
Observado un determinado proceso de producción y una vez seleccionados los diferentes modos operatorios posibles, Taylor elige el más rápido y en base a ese criterio lo declara “modo operatorio científicamente establecido”. De allí en más lo impondrá a  los obreros.

La estrategia de Taylor no va a detenerse allí. Taylor imaginó un medio de controlar cada gesto, cada secuencia, cada movimiento en su forma y su ritmo dividiendo el modo operatorio complejo en gestos elementales más fáciles de controlar por unidades que en su conjunto. La división técnica máxima del trabajo y rigidez intangible de su organización aparecen como las dos características fundamentales del nuevo sistema.
La OCT se caracteriza por una triple división: del modo operatorio; del organismo en órganos ejecutores y órganos de concepción intelectual; y de los hombres, separados por una nueva jerarquía agregada: capataces, jefes de equipo, supervisores, etc. Cada obrero está aislado de los otros. El sistema genera entre los individuos más división que puntos de encuentro. Elimina las diferencias, crea el anonimato y la intercambiabilidad de puestos mientras que individualiza los hombres frente al sufrimiento.
Frente al trabajo por pieza, incentivos de dinero y a la aceleración de las cadencias, el obrero se encuentra indefenso. La ansiedad, el aburrimiento frente a la tarea, tendrá que asumirlos individualmente.
La individualización borra las iniciativas espontáneas, rompe las responsabilidades y el saber, aniquila las defensas colectivas, lo que hace que el sufrimiento que engendra la OCT se manifieste en respuestas defensivas fuertemente personalizadas.
Una vez lograda la desapropiación del saber artesano y desmantelada la colectividad obrera; una vez rota la libre adaptación de la organización del trabajo a las necesidades del organismo, una vez impuesto el poder supremo de la supervisión, sólo quedan entonces cuerpos aislados y dóciles desprovistos de toda iniciativa. Hay que adiestrar, entrenar, condicionar esa fuerza potencial que ya no tiene nada de humana: el hombre-mono de Taylor ha nacido.
Teorizo: “La idea es entrenar los obreros uno tras otro bajo la conducción de un profesor competente, para ejecutar su trabajo siguiendo nuevos métodos hasta que los apliquen de una manera continua y habitual, una manera científica de trabajar. Esta concepción es contraria a la vieja idea según la cual cada obrero es la persona más calificada para determinar su modo personal de ejecución del trabajo”.
Taylor se equivocaba. Nadie mejor que el obrero para saber lo que es compatible con su salud. Y si consideramos a las consecuencias de la OCT para con el aparato psíquico, poco a poco fueron apareciendo  desórdenes del funcionamiento ignorados o no tenidos en cuenta por el creador del sistema. Pero eso es tema de otra columna. 

lunes, 23 de marzo de 2015

Bernardino Ramazzini


De dónde venimos

Fue Bernardino Ramazzini, médico, nacido en Módena,  Italia en 1.633, quien con su obra “De las enfermedades de los trabajadores” se constituyó en el primero en estudiar y documentar la relación existente entre determinadas enfermedades que los obreros padecían  y el trabajo que estos realizaban. En la actualidad es considerado el padre de la medicina del trabajo.
Según sabemos, fue quien comenzó a realizar la siguiente pregunta a todo enfermo que entrevistaba: ¿en que trabaja usted?, algo que hoy parece muy obvio, pero en esa época era toda una novedad.
Ramazzini se ocupa en su primer texto, de cincuenta y cuatro tipos diferentes de trabajos como los doradores, los mineros, los farmacéuticos y las intoxicaciones que sufrían a consecuencia del mercurio. Los que coloreaban vidrios y sus problemas debidos al uso de antimonio. Los pintores y las enfermedades que les producía el plomo que contenían los pigmentos  de las pinturas que empleaban, etc. Pero también recoge las alteraciones que producían agentes como el calor, el frío, la humedad o el ruido y las que eran consecuencia de adoptar posturas inadecuadas, del sedentarismo o de los movimientos que los trabajadores desarrollaban durante sus tareas, o del exceso de peso que tenían que mover.
Quizá no fue lo suficientemente  sistemático ni lo pretendió, pero sí puede considerarse como el que inició el estudio de las patologías ocasionadas por las profesiones.
Su libro es un ejemplo en el método de recolección de datos; de poner en primer plano su experiencia y de su lucidez relacionando la información que era capaz de reunir con el saber científico generado por sus antepasados y  contemporáneos, algo que no era demasiado frecuente en los escritos de tipo académico hasta esa época.
El nombre original del libro es De morbis artificum diatriba pues fue escrito en latín, lengua que sólo usaban algunos eruditos.
Es muy elogiable y original la idea de investigar y difundir este tipo de enfermedades y la importancia que concede al medio ambiente de trabajo.

El mencionado texto también deja constancia de las diferentes categorías sociales de la época: desde los que vaciaban los pozos de aguas servidas hasta los soberanos, pasando por artistas y demás ocupaciones habituales en su tiempo.
Para este médico italiano, la peor enfermedad era la pobreza, algo que tiene su correlato con lo que sucede en nuestros días. Tal es así que algunos de sus trabajos ya relacionaban la sociedad con el trabajo y cómo ambos elementos influían en la salud de los trabajadores.
Personalmente visitaba los centros de trabajo para observar de primera mano lo que allí se hacía, los procedimientos y técnicas empleadas  y los materiales y sustancias que se utilizaban en cada oficio.
Completaba después toda esta información con lo que la literatura de la época le podía aportar, lo que explica la gran cantidad de referencias que se encuentran en su obra.
Cada capítulo comienza con la descripción de los trastornos que acompañan a cada profesión u oficio. Muchas de ellas ya habían sido descriptas, pero su mérito es relacionarlas con un tipo de trabajo determinado y añadir los datos recogidos en sus entrevistas y observaciones. Esto proporciona a su obra un enfoque novedoso. Ya no se habla de una enfermedad que afecta a un individuo, sino de una enfermedad que afecta a grupos en relación directa con la actividad que desempeñan sus miembros y al medio ambiente en el que la desarrollan.
Para hacer el diagnóstico de una enfermedad del trabajo, Ramazzini no se limita a considerar la disposición de los elementos clínicos como los modelos del pensamiento científico de la época lo establecían. Supera las dificultades de elucidación que encuentra cualquier médico ante a los signos y síntomas de una enfermedad aguda o crónica, permitiéndose incluir, en este ejercicio intelectual particular que hace el médico para determinar la causa de una enfermedad,  el estudio del medioambiente de trabajo, lo que lo lleva a adoptar modelos interpretativos particulares.

El legado de Bernardino Ramazzini dedicando su vida por más de 20 años al estudio y atención de las enfermedades asociadas con ocupaciones específicas, hoy en día no ha perdido vigencia y el contenido del mismo sirve como base de estudios, tanto para la carrera de Higiene y Seguridad, como la Medicina del Trabajo.

Muchas cosas que se aprenden en la carrera de medicina terminan de  elaborarse y se resignifican durante el desarrollo de la profesión.
La pregunta ¿de qué trabaja usted? es una de ellas.



domingo, 8 de marzo de 2015

La medicina ocupacional

La medicina laboral y la higiene y seguridad en el trabajo, junto a otros determinantes, principalmente económicos y políticos, deben comportarse como aliados estratégicos en el desarrollo del aparato productivo de una nación. Un país producirá más y mejor si lo hace cuidando la salud de sus trabajadores.
En lo que concierne a la medicina del trabajo debe destacarse su principal función: la prevención y, algo que la hace más interesante, el carácter inter y transdisciplinario  de su campo de acción. “Quien solo sabe de medicina no sabe nada” escuche decir alguna vez a un experimentado profesor. A la medicina laboral este apotegma le da de lleno.

Lo postergado
Como muchas cosas, el sistema actual que regla la actividad de la salud y seguridad ocupacional no estuvo presente desde el comienzo de los tiempos ni tampoco se estableció de la noche a la mañana. Es el resultado de un proceso de evolución de estándares internacionales  de producción, importado de los países industrializados centrales, adaptado a nuestras necesidades.
Durante décadas las naciones y sus empleadores dieron poca o ninguna importancia a la afectación que, los procesos productivos, ocasionaban  a quienes los llevaban a cabo. Fue en los países más desarrollados donde comenzaron a pensarse y generarse elementos técnicos capaces de registrar los costos que esto les ocasionaba y comparar resultados. De esta manera se generaron los primeros indicadores estadísticos de cuyo análisis surge uno de los  datos centrales para entender el desarrollo y vigencia de estas reglamentaciones: la inversión que las empresas hacen en prevención tiene menor costo que el gasto en reparación de las contingencias originadas por el daño que los trabajadores sufren en los procesos productivos. Esto es una verdad a voces que se repite, con algunos matices, en distintos tipos de industrias y en  diferentes regiones del mundo.
Ello llevó a implementar y desarrollar progresivamente sistemas de prevención de accidentes y enfermedades del trabajo.

El cambio
En Argentina, las ART surgen de una necesidad de los inversores frente al avance de la globalización. Los empleadores necesitaban mejorar su productividad para poder competir. Es decir, como dueño de una industria necesito que los costos de un accidente laboral sean absorbidos por alguien; o, Yo País, necesito que la salud de los trabajadores este protegida para permitirme competir y evitarme los costos sociales por la imposibilidad de que un individuo pueda continuar trabajando.
Así nacen las ART en 1994 de la mano de la LRT. Como una imposición de los nuevos mercados.
Si hacemos un recorrido jurídico del tema en nuestro país nos encontramos con que antes de 1915, los pleitos por enfermedades o accidentes de trabajo se resolvían en los juzgados de paz usando como base previsiones del Código Civil. Periodo sumamente desventajoso para el trabajador.
Es en septiembre de ese año cuando ambas cámaras legislativas aprueban y el poder ejecutivo promulga la Ley 9.688. Ésta, basada en la teoría del “riesgo profesional”, contemplara la reparación indemnizatoria de los accidentes y enfermedades generadas por el trabajo.
Desde aquella primera ley hasta la Ley 24.028, derogada a posteriori por la Ley 24.557, el régimen argentino solo tuvo en cuenta exclusivamente la reparación de infortunios laborales, ignorando todos aquellos aspectos relativos a la asistencia médica, tratamiento, rehabilitación y reinserción laboral del infortunado.
Como se ha dicho en distintos foros, el trabajador accidentado, tenía en aquella época una doble dolencia: la física, generada por la enfermedad o accidente laboral y la humana por la incompleta asistencia médica que recibía, debiendo acudir a la asistencia pública ya que las obras sociales no se hacían cargo de una lesión generada por el hecho u ocasión del trabajo.
El avance en la reconsideración de estos últimos conceptos ha sido el principal logro del a Ley 24557 o Ley de Riesgos de Trabajo, actualmente vigente.

Los pies en la tierra
El hecho arriba mencionado, a saber “la prevención es más barata que la reparación”, permite realizar una reflexión que se revela como una cruda verdad: la salud de los trabajadores empezó a tener consideración para el empresariado mundial en la medida en que ésta afecta la economía, dejando de producir o dejando de consumir.
Si bien todos compartimos el derecho a la salud y al trabajo, el mundo se mueve alrededor de los costos.
Si un empresario duda aún del beneficio de la implementación de los estándares de salud y seguridad ocupacional para su industria, la principal certeza es ésta: se producirá más y mejor cuidando la salud de sus trabajadores y cuando los procesos productivos se realicen en condiciones y medio ambiente de trabajo saludables, que respeten el conglomerado de normas que responden a la legislación vigente.

La capacidad de producción y de crecimiento de su empresa y de  la proyección de ésta en el tiempo depende directamente de ello.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Diagnóstico de muerte


Cuando el perito médico forense o el médico de policía es convocado al “lugar del hecho” sabe de antemano la sospecha, de las autoridades que están tomando parte, de una muerte violenta.
Inmediatamente inundaran la mente del perito interviniente los interrogantes que son punto de partida o disparadores de líneas conjeturales: ¿muerte accidental?, ¿homicidio o suicidio? Qué indicios buscar, en que prestar atención…
Siguiendo el consejo de Lacassagne, se sabe, la necropsia comienza en el lugar del hecho y, bien realizada la levee du corps, constituye las tres cuartas partes de una autopsia.
Pero para ello hay que sortear un “escollo” importantísimo. El diagnóstico de muerte.
Quienes llaman al experto a la escena de muerte violenta son legos. Experimentados legos, si se quiere. Pero la responsabilidad del “sí, es un óbito” es del forense.
Muchas veces este dilema se resolverá con facilidad. La experiencia, magnitud de lesiones, signos inequívocos…
Otras veces pondrán a prueba la sagacidad del experto. Nerviosismo, falta de luz, ruidos y demás factores de distracción, apremios de toda índole, etc.

¿Cómo se hace el diagnostico de muerte?

El diagnóstico de muerte se hace en base a los signos de la muerte que son (Patitó):
  •       Los signos cardiocirculatorios. Ausencia de pulso, de tensión arterial y de ruidos cardiacos (después de auscultar cinco minutos cada foco (Bouchut) y electrocardiograma negativo.
  •       Los signos respiratorios. Ausencia de movimientos respiratorios y silencio auscultatorio. El Signo de Winslow consiste en la ausencia de empañamiento de un espejo acercado a las fosas nasales donde se condesaría el vapor emanado de las vías respiratorias.
  •         Los signos nerviosos. Ausencia de respuesta al dolor. Arreflexia total y electroencefalograma plano.
  •        Signos esqueleticotegumentarios. Resultan más bien confirmatorias de la muerte real y tienen escaso valor práctico.


Lo que sigue es la determinación de la data de muerte o intervalo post mortem, pero ese es otro viaje.